Era muy tarde para seguir las operaciones, y, además, las tropas estaban rendidas de cansancio. Liniers se contentó con ocupar fuertemente el Retiro y sus bocacalles, tomando todas las precauciones del caso contra cualquier sorpresa. Las tropas pasaron la noche sobre las armas y sin comer. El día 11 fué ocupado en montar los cañones de 18 desembarcados de la goleta Dolores, y otros de igual calibre que se encontraron en el Parque: había que prevenirse[378] contra un posible bombardeo de la escuadra, y también separarse para batir en brecha a Beresford, que parecía dispuesto a encerrar su defensa en la Plaza Mayor. El efecto moral de este primer triunfo se hizo visible el mismo día; acudieron a engrosar las fuerzas regulares o tomar órdenes muchos jóvenes patricios y hombres del pueblo, algunos de los cuales se preparaban antes a una lucha de guerrilleros. A mediodía, para probar los cañones recientemente montados, Liniers en persona apuntó sucesivamente a una lancha cañonera y a una fragata enemigas, con tan raro acierto que, después de dar en el casco de la primera, cortó con el segundo tiro la pena de su mesana, donde tremolaba la bandera británica, que cayó al agua. Túvose el hecho por un pronóstico feliz.
Al amanecer frío y brumoso del día 14 se tocó generala, y, después de revistar las tropas, Liniers tomó sus últimas disposiciones para el ataque de la plaza. Dividió en tres columnas su ejército, reducido en número, pero exuberante de entusiasmo y de confianza en la victoria. La columna de la izquierda, al mando de Liniers, entraría por la calle de la Merced; la del centro enfilaría por la calle de la Catedral, en tanto que la de la derecha seguiría la calle del Correo hasta el centro, para allí dividirse y ocupar las cuadras del Oeste y del Sur inmediatas a la Plaza Mayor. La artillería debía preparar el avance, barriendo el camino y haciendo replegar al enemigo. El ataque general se había fijado para las doce del día; pero un incidente lo precipitó. Destacados en avanzada, un cuerpo de marineros y otro de miñones se habían deslizado por las aceras, rasando las casas a favor de la neblina, hasta llegar a dos cuadras de la plaza y encantonarse en algunos edificios, desde donde rompieron el fuego sobre las partidas enemigas. Habiendo salido a contenerlos y desalojarlos una columna inglesa, nuestros impetuosos exploradores se replegaron en guerrilla y avanzaron resueltamente. Eran las nueve de la mañana; los imprudentes voluntarios pedían refuerzos y municiones, no[379] resolviéndose a abandonar el terreno conquistado. Las tropas enardecidas por la fusilería, querían marchar al fuego.... Entonces Liniers modificó rápidamente su plan anterior: lanzó la caballería de milicias de la Colonia y los dragones de Buenos Aires con artillería volante por la calle del Santo Cristo, en tanto que se movía penosamente la reserva con sus cañones de batir, y él mismo se adelantaba por la de la Merced, situándose en la plazoleta de la iglesia. La refriega se hizo general.