El brío de las tropas suplió la desbaratada estrategia; el vecindario arrastró los cañones sin caballos: todo el plan se reducía ahora, para cada jefe de cuerpo, compañía o pelotón, a desalojar al enemigo que tuviera al frente, hasta desembocar en la Plaza Mayor.

Los ingleses, acantonados en los altos del Cabildo, la azotea de la Recova, el pórtico de la Catedral, tenían que hacer frente a los combinados ataques de seis columnas convergentes. Cedieron primero los de la Catedral; los del Cabildo, acometidos por el Sur y por el Norte, se replegaron sobre la Recova, ya batida por la metralla de Liniers, y desde cuyo arco Beresford dirigía la defensa. Aquí se concentró el combate y comenzó a diseñarse el triunfo.

Atacada por todos lados, la posición inglesa hacíase insostenible. Casi al mismo tiempo los dos generales enemigos, Beresford y Liniers, vieron caer a su lado sus respectivos ayudantes. Liniers, atravesado el uniforme por tres balazos, se dirigía hacia la plaza. En el momento en que Beresford, convencido de que era imposible la resistencia, daba la señal de retirada cruzando su espada sobre el brazo izquierdo, la diezmada división inglesa se replegó hacia la Fortaleza, siendo su general el último que ocupó el puente levadizo. El pueblo, victorioso, hizo irrupción en la plazoleta del Fuerte, dominando con sus clamores el ruido de la fusilería y batiendo sus murallones con sus oleadas enfurecidas. Trajéronse escalas para emprender el asalto como si fuera un abordaje; pero entonces apareció Beresford, espada en mano, por el ángulo Nordeste del parapeto, y se izó bandera parlamentaria. Con todo, el humo y la distancia impedían divisarla y no cesó el fuego de los asaltantes. Al pie de la muralla, el comandante Mordeille, que contenía difícilmente a sus hombres, cruzaba un diálogo en francés con Beresford. Preguntando éste “si su vida corría peligro”, el otro contestó que estaba salvada con[380] rendirse a discreción. El general arrojó su espada al pie de la muralla, pero Mordeille se la devolvió por medio de pañuelos atados; al mismo tiempo se izó en el bastión una bandera española suministrada por un marinero; y de repente cesó el fuego, alzando el pueblo una inmensa aclamación.

EL NEGRO FALUCHO
Bartolomé Mitre

En la noche del 3 de febrero, subsiguiente a la sublevación, hallábase de centinela en el torreón del Real Felipe un soldado negro del regimiento del Río de la Plata, conocido con el nombre de guerra de Falucho.