Wáshington no abdicó. Al colgar su espada después del triunfo, y entregar el poder público en manos de un pueblo libre, afirmó la corona cívica sobre sus sienes, siguió sin violencia el ancho camino que le estaba trazado, y alumbrado por astros propicios, se extinguió en el reposo con la angélica serenidad de los ángeles tutelares.
San Martín abdicó en medio de la lucha, antes de completar su obra, no por su voluntad, como él lo dijo en su despedida y como se ha creído por mucho tiempo, sino forzado por la lógica de su destino y obedeciendo a las inspiraciones del bien; y en haberlo reconocido en tiempo bajo los auspicios de la razón serena, consiste la grande moral de su sacrificio. Buscó su camino en medio de la tempestad en que su alma se agitaba, y lo encontró; y tuvo previsión, abnegación, y fortaleza para seguirla, y por eso el sacrificio no fué estéril.
El Perú había sido libertado por un puñado de cuatro mil hombres (dos mil argentinos y dos mil chilenos) contra veintitrés mil soldados, que mantenían en alto los pendones del rey de España en toda la extensión del continente americano. San Martín, sosteniendo en sus brazos robustos, como muy bien se ha dicho, el cadáver de su pequeño ejército diezmado por la peste y los combates, había declarado la independencia del[386] Perú.
Esta grande empresa, realizada con tan pobres medios, con tanta economía de fuerzas y de sangre, y tan fecundos resultados, se caracteriza como[387] profunda combinación política y militar, en que circunscribió la lucha de la independencia americana a un punto estratégico; en que forzó el último baluarte de la dominación española en Sud-América; en que hirió el poder colonial en el corazón, con la espada de Chacabuco y Maipo; en que[388] encerró en un palenque sin salida a los últimos ejércitos españoles y realistas, dentro del cual debía decidirse por un supremo y definitivo combate a muerte, la causa de la emancipación de un mundo.[389]