Desde ese momento, el triunfo de la causa de la independencia americana dejó de ser un problema militar y político: fué simplemente cuestión de más esfuerzos y de más tiempo.

Desde ese día, el sol al levantarse sobre el hemisferio de Colón, no alumbró más esclavos que los que aún continuaban aherrojados bajo las plantas de los últimos ejércitos realistas, atrincherados en las montañas del Perú.

Pero, para alcanzar la victoria definitiva, era necesario que el mismo Perú, hondamente revolucionado, pusiese sobre las armas diez mil soldados más, y el Perú no podía ponerlos. Chile no podía repetir el supremo esfuerzo que había hecho, para remontar sus tropas expedicionarias. La República Argentina, política y socialmente disuelta, al mismo tiempo que sus hijos ausentes emancipaban lejanos pueblos, no podía enviar nuevos contingentes a su ejército libertador de los Andes.

Mientras tanto, las legiones triunfantes de Bolívar,[390] que desde las bocas del Orinoco habían cruzado de mar a mar el continente, se encontraban con las de San Martín, que desde el Plata habían cruzado al Pacífico, dominándolo; y bajo la línea ardiente del ecuador y al pie del Chimborazo, se[391] saludaban las banderas independientes de las Provincias Unidas del Río de la Plata, de Chile, del Perú, y de Colombia, sellando la alianza continental con una nueva victoria alumbrada por los fuegos volcánicos del Pichincha.[392]

En tal situación, Colombia era el árbitro de los destinos del Nuevo Mundo, y en manos del Libertador Bolívar estaba la masa hercúlea que debía dar el golpe final, en el supremo y definitivo combate que iba a librarse en el Perú.

Para concentrar este supremo esfuerzo, los dos grandes libertadores se encontraron en aquel punto céntrico del mundo en que sus soldados habían fraternizado. Sus miradas se cruzaron como dos relámpagos en la región tempestuosa de las nubes, sus brazos se unieron, pero sus almas no se confundieron, porque comprendieron, que aunque profesaban una misma religión, no pertenecían a la misma raza moral.

Bolívar era el genio de la ambición delirante, con el temple férreo de los varones fuertes, con el corazón lleno de pasiones sin freno, con la cabeza poblada de flotantes sueños políticos, sediento de gloria, de poder, de esplendor, de estrépito, que[393] acaudillando heroicamente una gran causa, todo[394] lo refería a su personalidad invasora y absorbente. El mismo se ha retratado así, prorrumpiendo en uno de sus teatrales simulacros de renuncia del mando supremo: “Salvadme de mí mismo, porque la espada que libertó a Colombia no es la balanza de Astrea.”[395]

San Martín era el vaso opaco de la Escritura,[396] que escondía la luz en el interior del alma: el héroe impersonal que tenía la ambición honrada del bien común, por todos los medios, por todos los caminos, y con todos los hombres de buena voluntad, según él mismo se ha definido con estas sencillas palabras: “Un americano, republicano por principios, que sacrifica sus propias inclinaciones por el bien de su suelo.