Por eso los dos murieron en el ostracismo. El uno en su edad viril, precipitado de lo alto, con las entrañas devoradas por el buitre de su inextinguible ambición personal, llorando hasta sus últimos momentos el poder perdido.[397] El otro descendió sereno y resignado la pendiente del valle de la vida, con la estoica satisfacción del deber cumplido, guardando en su ancianidad el secreto roedor de sus tristezas, como en los heroicos días de su épica carrera había guardado el sigilo pavoroso de sus concepciones militares.
Estas dos naturalezas opuestas y compactas, fuerte la una[398] por sus defectos en el choque, y la otra por[399] sus calidades en la resistencia, se midieron como dos gigantes al abrazarse, y se penetraron mutuamente. San Martín fué vencido por el egoísmo de Bolívar; pero San Martín venció a su rival en gloria, mostrándose moralmente más grande que él.
El Libertador de Colombia alcanzará más triunfos, cosechará más laureles y merecerá más la admiración de la historia por su gloriosa epopeya terminada.
El Libertador argentino, venciendo las más arduas dificultades, preparando el camino y venciéndose a sí mismo, merecerá en los tiempos la simpatía etérea de las almas bien equilibradas.
San Martín, con su alto buen sentido, dándose cuenta clara de la situación y de sus deberes para con ella, se inmoló en aras de una ambición implacable, que era una fuerza eficiente, y cuya dilatación fatal era indispensable al triunfo de su causa.
Los realistas conservaban aún diez y nueve mil hombres en las montañas del Perú. San Martín apenas contaba con ocho mil quinientos, y necesitaba forjar nuevos rayos para continuar la lucha. Bolívar, al frente del victorioso ejército de Colombia, tenía en sus manos el rayo, que a uno de sus gestos podía fulminar las últimas reliquias del poder español en América; pero a condición de compartir con nadie su gloria olímpica.