Ante esta solemne espectativa, San Martín reconoció el temple de sus armas de combate, y vió: que el Perú flaqueaba, que su opinión[400] pública estaba sublevada, que su ejército no tenía[401] ya el acerado temple de Chacabuco y Maipo, y que no podría dominar estos elementos rebeldes sino haciéndose tirano.—Interrogó al porvenir, y previendo que en un término fatal su gran personalidad se chocaría con la de Bolívar, dando quizás un escándalo al mundo, y retardando de todos modos el triunfo de la América con mayores sacrificios para ella, prefirió eliminarse como obstáculo.—Sondeó su conciencia, comprendió que no era como Macabeo el caudillo de su propia patria,[402] y reconociéndose sin voluntad para ser tirano y sin poder moral y material para continuar la lucha con fuerzas eficientes, abdicó a Bolívar la espada de Chacabuco y Maipo, después que se convenció de que su ofrecimiento de servir no sería aceptado.

Tal es el significado histórico y el sentido moral de la abdicación de San Martín.

EL GENERAL BELGRANO
Bartolomé Mitre

Belgrano es una de las más simpáticas ilustraciones argentinas, y una de las glorias más puras de la América, no sólo por sus memorables servicios a la causa de la independencia y de la libertad, sino también, y muy principalmente, por la elevación moral de su carácter y por la austeridad de sus principios democráticos.

Su gloria es un patrimonio nacional, y pretender arrancar a su corona cívica una sola de sus hojas, sin justificar el derecho con que tal despojo se haga, sería defraudar al pueblo de su propiedad legítima.

Belgrano no ha sido un genio político del vuelo de Moreno, ni un genio militar de la altura de San[403] Martín, con quienes comparte la gloria de haber sido, a la par del primero, uno de los fundadores de la democracia argentina, y con el segundo, el héroe y el fundador de la independencia.

Fué un gran ciudadano y un verdadero héroe republicano, y ésa es su gloria.

El general Belgrano ha ejercido dos clases de autoridad en el mundo: exigía de sus subordinados una obediencia religiosa al cumplimiento del deber, y una exactitud casi igual a la que se exige a una orden monástica, siendo inflexible en el castigo de los delincuentes.

Estas cualidades de mando han formado escuela. El general La Paz, que lo criticó por ellas, mandaba sin embargo sus ejércitos a la manera de Belgrano, y no por eso ha sido calificado de déspota.

El mando militar tiene en sí mismo algo de despótico, porque es personal, sólo tiene por límite la responsabilidad moral del que lo ejerce y el sentimiento de la justicia y de la dignidad humana. Si el carácter de Belgrano hubiera sido despótico, se habría manifestado en el ejercicio de ese mando casi absoluto, que las exigencias de la revolución y el peligro común hacían que fuese más tirante que en las condiciones de la vida ordinaria; y sin embargo, es sabido que Belgrano fué siempre justo a la vez que severo en el ejercicio tranquilo de su autoridad; que jamás abusó de ella, ni fué cruel ni voluntarioso, y todos cuantos militaron[404] bajo sus órdenes, le guardaron por toda la vida, estimación, respeto y amor.