El general Belgrano, recibiendo el mando del ejército desorganizado de dos derrotas, haciendo[415] la guerra en medio de pueblos decaídos o descontentos en parte como lo hemos probado ya, obteniendo una victoria en una retirada desigual, haciendo por último pie firme[416] en Tucumán, llevando a su población al campo de batalla, y predisponiendo a la provincia de Salta a hacer los sacrificios más sublimes de que es capaz el patriotismo, nos enseña cómo los verdaderos demócratas encabezan, no los partidos, sino los grandes movimientos de la opinión que deciden del destino de los pueblos.

EL GENERAL LAS HERAS
Bartolomé Mitre

(Title: Las Heras (Juan Gregorio de, 1780-1866), Argentine patriot and general who distinguished himself in the Chilean campaign under San Martín. At Cancha Rayada (1818) where the troops of San Martín suffered a reverse, it was Las Heras who saved the day by his masterly retreat and coolness in the general confusion.)

Hay héroes de circunstancias que ocupan y abandonan bulliciosamente la escena de la historia; héroes que a veces aparecen grandes a los ojos de sus contemporáneos más bien por el medio en que viven y los accesorios que los rodean, que por sus propias cualidades y por sus propias acciones.

Éstos son los héroes teatrales de la historia.

Ellos necesitan para brillar de las luces artificiales de la popularidad pasajera. Sólo se estimulan con los aplausos de la calle y de la plaza pública. Para ellos no hay elocuencia posible sino en lo alto de la tribuna y en medio de una pomposa decoración, ni heroísmo sino en presencia de millares de testigos. Esclavos de ajenas pasiones y de su propia vanidad, sólo conciben la gloria de un carro triunfal arrastrado por adoradores, y prefieren una corona de cartón dorado con tal que todos la tomen por oro de buena ley, a la inmortal corona de laurel sagrado que sólo resplandece en la obscuridad de la tumba. Hambrientos de vanagloria, ebrios de aplausos, enfermos de celos y de vanidad pueril, el aplauso de la propia conciencia no llega a sus oídos; la verdadera gloria no les satisface, el silencio los anonada, la soledad los hace creerse muertos, y el retiro es para ellos como el vacío de la máquina[417] neumática que apaga los oídos.

Sobre la tumba de éstos no se escribió nunca el sublime epitafio de Esparta: “Murieron en la creencia de que la felicidad no consiste ni en vivir ni en morir, sino en saber hacer gloriosamente lo uno y lo otro.”

Los hombres grandes por sí mismos, que no trafican con la gloria, para quienes el mando es un deber, la lucha una noble tarea, y el sacrificio una verdadera religión; los que al abandonar el teatro de la vida pública no tienen que despojarse a su puerta de las alas prestadas de un día, y queman aceite de su propia vida en la lámpara de sus vigilias, ésos viven en paz y conversan familiarmente con el genio de la soledad, el silencio serena su alma agitada por las tempestades populares. A esos hombres sienta bien el modesto retiro en que pueden ser estudiados y estimados por lo que en sí valen, despertando la admiración o la simpatía por cualidades superiores a los ingeniosos prestigios de la prosperidad.

Tales o semejantes reflexiones a éstas hacía en una hermosa y apacible tarde de verano del año 1848, atravesando la magnífica alameda de Santiago de Chile, y dirigiéndome a uno de los barrios más apartados de la ciudad, donde vivía y vive aún el general D. Juan Gregorio de Las Heras, capitán ilustre y libertador de tres Repúblicas,[418] republicano sencillo y desinteresado, que siendo uno de los héroes más notables de la epopeya de la independencia americana, vivía tranquilo en el retiro, sin espada, sin poder y sin fortuna.

Iba a pagarle la visita que infaliblemente hace este soldado lleno de cortesía a todo argentino que llega a aquel país: y al hacerlo era arrastrado por algo más que un deber social, pues admirador de sus servicios y virtudes, había encontrado en él un héroe según mi ideal, y un hombre según mi evangelio.