Pueyrredón era hombre, de dotes distinguidísimas y sólidas; tenía dignidad personal y un imperio particular sobre sí mismo que no se desmintió en el resto de su vida ni aun en medio de los descalabros que le esperaban. Sabía guardar con una firmeza imponente el decoro de su persona y de su poder. No mostraba ambición codiciosa ni urgente de mando. No se le vió nunca entrar en[421] intrigas ni en tentativas, encubiertas o manifestadas, para apoderarse de la autoridad. Pero cuando era llamado a tomar parte en la dirección de los negocios, ocurría sin vacilar; mostraba una paciencia pertinaz en perseguir los propósitos que lo movían; y su energía, pero sin ninguna ostentación, se hacía sentir en la netedad de sus ideas y en la firmeza de sus actos, no sólo para servir sin descanso a la causa de la independencia, sino para castigar también con una severidad extrema y extraña a los hombres que se atrevían a ponerle estorbos en su camino. Sus pasiones eran tranquilas en la superficie, y no se dejaban sentir sino[422] por la fuerza latente y bien seguida de sus frías manifestaciones.
Siempre que las circunstancias lo habían exigido, Pueyrredón se había presentado al peligro con decisión. Sin blasonar de ser guerrero había adquirido grados militares con una justicia que nadie podía negarle, sin que él reclamase jamás su[423] competencia. Había figurado con honor y con notoria fama de arrojado en la primera tentativa que los ingleses hicieron para apoderarse de Buenos Aires. Después de la revolución de Mayo había desempeñado una parte principal en las provincias limítrofes del Perú como Gobernador Intendente de Chuquisaca; y cuando el desgraciado encuentro de Huaquí obligó nuestras fuerzas a evacuar la[424] línea del Desaguadero, Pueyrredón mostró un tino consumado para atravesar un país enteramente insurreccionado en contra nuestra; y con una serenidad ejemplar, salvó del contraste recursos importantísimos en dinero, materiales y tropa, privando al enemigo de todas esas ventajas que habrían sido precisas para él en aquellos momentos.
En todas las cuestiones graves de guerra o de política, Pueyrredón pensaba con madurez; pesaba el valor de los hechos y las probabilidades de todas las consecuencias, poniendo al servicio de sus combinaciones una razón fría para meditar y para resolver, con una vigorosa precisión para ejecutar. Escribía sin brillo, pero con una corrección en la frase, con tal trabazón en la lógica de sus ideas, con tal claridad clásica y consumada, que hoy mismo podría ser envidiado por el más hábil literato; y la proligidad con que sabía dividir su tiempo para encontrar el momento oportuno que correspondía al despacho de cada asunto de interés público, rivalizaba con la atención esmerada que daba a sus negocios particulares, con la moderación y con la equidad con que arreglaba los negocios que estaban ligados con los suyos; de ello tenemos pruebas numerosísimas y ejemplos bien testificados en los papeles que ha dejado.
La reserva de su carácter, la prudente parquedad de sus palabras, algo de interno y de poderoso que[425] se percibía en él, sin poder decir cómo ni dónde, le hacían impenetrable y le daban un influjo eficaz aunque latente. Su astucia era tanto más fina y previsora cuanto que todo parecía en él natural y elevado, modesto e imparcial. Con la misma naturalidad con que tomaba el poder, lo manejaba[426] hasta en los extremos de la firmeza y de la severidad, apareciendo casi indiferente a sus encantos, y dispuesto siempre a abandonarlo: y como sus modales eran cumplidos y atentos, sin ser abiertos ni obsequiosos, imponía a los demás aquella distancia respetuosa que hace tan peligrosos a los hombres serios cuando juegan en el terreno falaz de la política o de la diplomacia, y que les da ese poder mágico a que jamás llegan los charlatanes de atraer y de alejar al mismo tiempo a los que los tratan. Puestos en el poder imponen un cierto temor misterioso al vulgo, que no lo puede definir, y una sumisión religiosa a los agentes que los tienen que obedecer. Esto es lo que distingue el buen género del género falsificado.
Estas cualidades que Pueyrredón tenía en alto grado, eran las que hacían de él un hombre de gabinete consumado, y un compañero de Logia[427] incomparable para San Martín, con quien tenía[428] rasgos comunes de fisonomía política y de carácter personal.