Desapareció la tierra: agua por todas partes. El azul blanquecino del cielo sobre el azul negrusco[578] de las olas. La proa que se alza hasta ocultar la faja del horizonte o se hunde elevando sobre su ángulo la lejana línea del mar, como una muralla oscura; la popa, que parece desplomarse en el abismo a cada ondulación, o al remontarse acaricia algunas veces el espacio con infructuosas paletadas de sus hélices; el mugir lejano de las máquinas en lo más profundo de las entrañas del leviatán de acero, revelan únicamente el movimiento,[579] la marcha. Sin esto el buque parecería inmóvil encantado en medio de la inmensidad[580] circular y monótona. Avanza y avanza, y siempre parece estar en el mismo sitio, en el centro exacto del circo infinito.
¿Adónde va el buque a través del misterio azul? ¿A qué lejana tierra de ensueño conduce su cargamento de miseria y esperanza?...
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Hace años, estos férreos transportadores de hombres seguían todos el mismo rumbo, con la tenacidad rutinaria del rebaño que, una vez aprendido un camino, no sabe salirse de él.[581]
Al abandonar las costas europeas ponían la proa al Oeste, siguiendo los mares septentrionales agitados o brumosos. Todos se daban cita en las costas de una inmensa nación, tragaderos insaciables[582] de hombres, olla hirviente de todas las razas, tierra de prodigios monstruosos, de iniciativas desconcertantes en fuerza de ser grandiosas; país rodeado de una leyenda de maravillas, con minas de oro más opulentas que las del tiempo de Salomón,[583] edificios de mayor altura que la torre de Babel[584] o los pensiles de Semíramis, e invenciones[585] como no las soñaron los antiguos magos.
Ahora ya no navegan todos los gigantes del mar con rumbo a los Estados Unidos de la América del Norte. El camino se ha bifurcado. El colosal rebaño de humo y acero se reparte, y mientras unos marchan todavía hacia el Oeste para llevar las últimas provisiones de energía humana al pueblo más progresivo de los tiempos modernos, otros ponen la proa al Sur en busca de un nuevo país abierto a la ilusión y al noble espíritu aventurero de los que desean cambiar de medio.
En todas las épocas de la Historia han existido ciudades de renombre mundial, ciudades-esperanza[586] hacia las cuales se han vuelto con anhelante deseo los ojos de los hombres. Lo que la gloriosa Atenas fué para los artistas de remotos siglos, lo que representó Roma para los varones del mundo antiguo, que veían en ella un escenario sonoro de[587] su actividad intelectual, lo han sido otras poblaciones[588] para los hombres ansiosos de conquistar rápidamente una posición económica sin tropezarse con las trabas y obstáculos que oponen las sociedades viejas y exuberantes de población.
El nombre de estas ciudades de prodigios evoca imágenes de suntuosidad y amontonamiento de riquezas; sugiere la visión de fortunas amasadas vertiginosamente; suena en los oídos con el sugestivo retintín del oro, y todos los valerosos en el eterno combate de la vida corrieron a ellas con la desesperación heroica del que ansía morir o abrirse paso.
Bagdad, la mágica Bagdad de Las mil y una[589] noches, ha hecho soñar durante mil años a los pueblos orientales, que veían en la lejana metrópoli del Tigris inmensos tesoros guardados por los genios y las peris para premios de los buenos.