Las tiendas europeas de hoy, híbridas y raquíticas, sin carácter local, han desterrado la tienda porteña de aquella época, de mostrador[567] corrido y gato blanco formal sentado sobre él a guisa de esfinge.
¡Oh, qué tiendas aquéllas! Me parece que veo sus puertas sin vidrieras, tapizadas con los últimos percales recibidos, cuyas piezas avanzaban dos o tres metros al exterior sobre la pared de la calle; y entre las piezas de percal, la pieza de pekín lustroso de medio ancho, clavada también en el muro, inflándose con el viento y lista para que la mano de la marchanta conocedora apreciase la calidad del género entre el índice y el pulgar, sin obligación de penetrar a la tienda.[568]
Aquélla era buena fé comercial y no la de hoy, en que la enorme vidriera engolosina sin satisfacer las exigencias del tacto que reclamaban nuestras madres con un derecho indiscutible. ¡Y qué mozos! ¡Qué vendedores los de las tiendas de entonces! ¡Cuán lejos están los tenderos franceses y españoles de hoy de tener la alcurnia y los méritos sociales de aquella juventud dorada, hija de la tierra, último vástago del aristocrático comercio al menudeo de la colonia! No pasaba una señora ni una niña sin tributar los más afectuosos saludos a la rueda de contertulianos sentados cómodamente en sillas colocadas en la calle y presididos por el dueño del establecimiento. Y cuando las lindas transeuntes penetraban a la tienda, el dueño dejaba a sus amigos, saludaba a sus clientas con un efusivo apretón de manos, preguntaba a la mamá por “ese caballero”,[569] echaba algunos requiebros de buen tono a las[570] señoritas, tomaba el mate de manos del cadete y lo ofrecía a las señoras con la más exquisita amabilidad; y sólo después de haber cumplido con todas las reglas de este prefacio de la galantería, entraban clientas y tenderos a tratar de la ardua cuestión de los negocios.
Había siempre en las tiendas de antaño un olor inextinguible a tripe, porque nunca faltaban cuatro o seis grandes cilindros de tripe inglés formados a la entrada de la casa, que, a su calidad de mercadería de fondo, reunían la ventaja accesoria de servir de poyos para sentarse los tertulianos[571] habituales del establecimiento. Y después los mostradores estaban alfombrados con tripes representando todo un jardín zoológico de fieras estampadas, tigres, panteras, gatos monteses y leones rubicundos, reposados majestuosamente sobre paisajes historiados de selvas de lana, con que las fábricas de Manchester reemplazaban en nuestras mansiones aristocráticas de entonces la carencia de Aubusson y de Gobelinos[572].
¡Qué agilidad aquélla con la que el patrón, apoyándose sobre la mano izquierda, saltaba el mostrador! ¡Qué gracia con la que desplegaba ante los ojos de las clientas, de un golpe, y como un prestidigitador, la pieza de percal, de muselina o de barège envuelta alrededor de la tablilla, que quedaba, desnuda de su preciosa mercancía, abandonada indiferentemente sobre el mostrador! ¡Qué elasticidad de movimientos, qué vertiginosa rapidez, la que el tendero de aquel tiempo desplegaba para medir sobre la vara el lote vendido, dejándolo[573] amontonarse ampulosamente sobre el mostrador con elegante negligencia, acariciando el género con los dedos, llevándolo a los ojos de la compradora, poniéndoselo en la mano, restregándolo para justificar la falta absoluta de goma y otras añagazas de fábrica, y hasta trayendo el único vaso de la trastienda lleno de agua, para ensopar en él el extremo de la pieza de muselina y justificar la tinta indeleble de la tela!
CON RUMBO A LA ESPERANZA
Vicente Blasco Ibáñez[574]
Europa pierde anualmente una parte de su población, insignificante por el número si se la compara con la gran masa humana que habita su suelo, valiosa por las iniciativas enérgicas y el coraje que demuestra al abandonar la tierra patria con rumbo a lo desconocido.
Todas las semanas apártanse de sus costas enormes buques, que vomitando humo se lanzan a través de las infinitas y azules soledades, repleto el cóncavo vientre de carne humana, que sufre, se agita, sueña o se estremece con los internos espejismos de la esperanza. Salen de los muelles escarchados y brumosos del Báltico; de los puertos ingleses, negros de polvo de hulla, en cuyo ambiente grasoso parece esparcirse un vago perfume de té y tabaco con opio; de las costas de la Francia oceánica, que opone sus bancos vivos de[575] mariscos y los obscuros pinares de sus landas a los rabiosos asaltos del fiero golfo de Gascuña; de las bahías españolas, inmensas copas de tranquilo azul, sobre las cuales trenzan y destrenzan las gaviotas el blanco aleteo, como asustadas por el intempestivo chirrido de una grúa o el mugido de una sirena; de las escalas del Mediterráneo, sonrientes y adormecidas bajo la ardiente lluvia del sol; ciudades blancas, con la alba crudeza de la cal o la suave y aristocrática del mármol; ciudades en cuyos embarcaderos flota un ambiente de hortalizas marchitas y frutos sazonados, y en las que el viento de tierra lleva hasta los buques, junto con el nupcial aliento del naranjo y el varonil incienso del almendro, briosos rasgueos de la guitarra ibera, los repiqueteos del tamboril[576] provenzal y lánguidos arpegios de las mandolinas italianas.
Los gigantes marinos mueven las invisibles uñas de sus hélices y se despegan de la tierra. Su proa, como un hocico inteligente, parece husmear el horizonte para adivinar la senda a traves del infinito, y en torno de su grupa rebullen convertidas[577] en jabonosa espuma las aguas grises o negruscas de los mares septentrionales, las azules ondulaciones atlánticas o las verdes linfas mediterráneas, pobladas de chisporroteos de sol y escamas de oro, que pasan y se renuevan como estrellas fugaces en las glaucas profundidades.
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