En un país tan pluvioso como el nuestro, formado por terrenos de aluvión, es evidente que entonces no podía haber caminos públicos en un estado de mediano servicio. Los pantanos rodeaban la ciudad haciendo un verdadero laberinto de sendas y de portillos, que requerían una especial vaquía de parte de los que tenían que practicarlos. Más atrás de la zona solitaria de las quintas, había algunas chacras extensas erizadas de montes, de espinillos y de durazneros, entre los cuales eran célebres, como abrigos de bandidos, el monte de campana cerca de lo que es hoy la Floresta, el monte de Castro, entre Flores y Morón, el callejón de Ibáñez; a los que no les iban en zaga otros lugares, que aunque más cercanos, tenían también malísima fama; como el hueco de los Sauces, los cercos de los Ejercicios, la quinta de Rivadavia, el paso de Burgos, el hueco de Cabecitas y el de doña Ingracia; y sobre todo, los zanjones del tercero del norte, que eran hasta 1830 uno de los puntos más selváticos y agrestes que pudiera tener a su costado una ciudad civilizada y revolucionaria[557] como era la de Buenos Aires en 1815.
Era natural que el centro más urbano y más noble de la Comuna participase en algo de las malas condiciones de sus suburbios. La carestía de la piedra, la dificultad de sacarla de la Banda Oriental, por falta de brazos aptos y por falta de buques[558] en que conducirla, hacían que apenas hubiese[559] una que otra calle, malísimamente empedrada. Se conocía por calle del Empedrado la que hoy es[560] de la Florida; y no es poca lástima que se le haya quitado este título original de nobleza, que le corresponde en la tradición de la cultura de nuestra ciudad. Las lluvias copiosísimas de aquellos tiempos han dejado fama en el recuerdo de nuestros padres. Al correr como torrentes, para salir al río, o para empozarse en los pantanos, se llevaban gran parte del piso, abriendo curvas de zanjas profundas y de precipicios entre una y otra acera, y hacían imposible atravesar las calles (fuera de ocho o diez cuadras en el centro) por otra parte que por las esquinas, donde había apoyos de grandes piedras puestas a distancia para afirmar el pie. Era tal este estado, que en la parte que es hoy calle de Cangallo (entre Florida y Maipú) había lagunas donde se ahogaron algunos lecheros en tiempos del virrey Vértiz, como consta de documentos oficiales.
Por la noche, esta espléndida ciudad de Buenos Aires, que hoy enrojece su atmósfera con los reflejos del gas, presentaba un aspecto desolado, si es que las tinieblas pueden tener aspecto. A lo largo de la calle del Correo (hoy Perú) se divisaban de un extremo a otro, cuatro linternillas diminutas que señalaban las cuatro mesitas en que los loteros privilegiados por el Cabildo expedían cedulillas, arrimados a la pared y con un pequeño farol que era la única luz de esa calle central. Las veredas eran de mal ladrillo, húmedas, estrechas, desiguales, y temblorosas encima del barrial en que tenían su asiento; y en muy pocas calles las había.[561]
Buenos Aires era una ciudad baja, aplastada y cubierta con las capuchas de los tejados de feísimo aspecto; que tenía, sin embargo, la reputación de[562] la belleza entre las otras ciudades españolas. Pero esa fama le venía de sus habitantes, más bien que de su suelo. En ambos sexos, ellos eran de espíritu alegre y suelto; de alma impresionable y simpática; admiradores entusiastas y copistas ardientes de las grandes novedades de la civilización. Naturalmente inclinados a lo liberal; con algo de aturdido y de liviano, pero siempre bien inspirados, inclinados a la pompa y halagados por la vanagloria que viene de hacer el bien y de realizar hazañas. La sociedad era por esto expansiva y hospitalaria. Su arrogancia era abierta, porque consistía siempre en el anhelo de que su revolución y sus progresos sirviesen a todos,[563] e hiciesen de nuestro suelo y de nuestras leyes, el abrigo de todas las razas del mundo que no estuvieran bien avenidas en el suyo.
Tal era entonces la capital, en cuya frente el[564] poeta de la revolución había escrito estos versos tan arrogantes como adecuados, entonces, al genio de la Comuna:
Calle Esparta su virtud:
Su virtud calle Roma;
¡Silencio! que al mundo asoma
La gran capital del Sud.
Pero, ésta era la ciudad que había hecho la Revolución de Mayo, que la había defendido y salvado contra todo el poder de la España, proclamando los principios más elevados, más generosos y más humanitarios de la civilización moderna. Ésta misma era la ciudad que había vencido y rendido dos ejércitos ingleses; que había deshecho y apresado tres escuadras españolas; que había plantado la bandera argentina en las murallas de Montevideo; que iba con un paso seguro a reconquistar a Chile, a libertar al Perú, y a llevarle soldados a Bolívar para ganar la batalla famosa de Junín y libertar a Quito. Para motejar, entonces, la arrogancia de la cuarteta, sería preciso ver cómo podrían borrarse de la historia, o como podrían motejarse los hechos gloriosos que la inspiraron.
BUENOS AIRES
Las Tiendas Antiguas
Lucio V. López
No era entonces Buenos Aires lo que es ahora. La fisonomía de la calle del Perú y de la Victoria ha cambiado en los veintidós años transcurridos: el centro comenzaba en la calle de la Piedad y[565] terminaba en la de Potosí, donde la vanguardia de las tiendas estaba representada por el establecimiento del señor Bolar, local de esquina, mostrador[566] democrático al alba, cuando cocineras y patronas madrugadoras acudían al mercado, y burgués, si no aristocrático, entre las siete de la noche y el toque de las ánimas. El barrio de las tiendas de tono se prolongaba por la calle de la Victoria hasta la de Esmeralda, y aquellas cinco cuadras constituían en esa época el boulevard de la fashion de la gran capital.