El anverso y el reverso de ese momento histórico están representados, respectivamente, en la composición del Congreso por una parte, y la composición de los partidos en lucha, por la otra. El Congreso era la expresión más acabada de la cultura del virreinato; sus miembros, productos de las universidades de Córdoba,[528] de Charcas,[529] de Santiago de Chile,[530] del Colegio de San Carlos,[531] todos ellos competentes, poseídos del patriotismo más acendrado. Como sombrío contraste, véase el estado general del país,[532] según lo pintó uno de los más ilustres miembros del Congreso:[533] “Divididas las provincias, desunidos los pueblos y aun los mismos ciudadanos, rotos los lazos de la Unión social, inutilizados los resortes todos para mover la máquina, erigidos los gobiernos sobre bases débiles y viciosas, chocados entre sí los intereses[534] comunes y particulares de los pueblos, negándose[535] algunos al reconocimiento de una autoridad común, enervadas las fuerzas del estado, agotadas las fuentes de la pública prosperidad, paralizados los arbitrios para darles un curso conveniente, pujante en gran parte el vicio y extinguidas las virtudes sociales (o por no conocidas o por inconciliables con el sistema de una libertad mal entendida), conducidos, en fin, los pueblos por senderos extraños—pero análogos a tan funestos principios—a una espantosa anarquía (mal el más digno de temerse en el curso de una revolución iniciada por meditados planes, sin cálculo en sus progresos y sin una prudente previsión en sus fines), ¿qué dique más poderoso podía oponerse a este torrente de males políticos que amenazaban absorber la patria y sepultarla en sus ríos que la instalación de un gobierno que salvase la unidad de las provincias, conciliase su voluntad y reuniera los votos, concentrando en sí el poder?”
A la anterior pintura habría que agregar que la[536] revolución estaba en una situación desesperada, cercadas como se hallaban las provincias por fuerzas españolas en Chile y en el Alto Perú. El[537] Congreso mismo debió trasladarse a Buenos Aires ante la aproximación del enemigo, que bajaba del[538] Norte.
En tales condiciones la valiente declaración de la Independencia, el 9 de julio de 1816, salvó la suerte de las armas galvanizando los entusiasmos del ejército y convirtiendo la revolución en invasora: pocos meses después, en efecto, San Martín cruzará los Andes para batir a España en Chile, desde donde, unidos los argentinos y los chilenos, iniciarían la expedición libertadora que heriría al enemigo en su corazón, Lima, para luego[539] engrosar el ejército de Bolívar a quien tocaría[540] dar el golpe definitivo al poder español en América.[541]
Dados los caracteres sociológicos de la revolución; dadas, además, las circunstancias en que se hallaba el país, según las describiera[542] Fray Cayetano Rodríguez,[543] no es de extrañar[544] que el Congresoc de 1816 fuese monarquista. En su seno, en efecto, se deslizaron los más extraños proyectos para alzar en el país un trono...: un trono cuya fuerza fuera capaz de asegurar el orden interior y cuyo prestigio diera al país las garantías morales y materiales que sin duda reclamaría Europa antes de reconocer la independencia de la nueva nación y de prestarle su poderosa alianza. Se pensó en traer[545] algún miembro de una casa real europea, y hasta se propuso restaurar con tal objeto la antigua monarquía incásica.
Nos parecen absurdos tales proyectos hoy que vemos lozano el árbol de la democracia que a todos los pueblos de América nos cobija; pero no se olvide que para entonces el Congreso de Viena había arrancado esa planta del suelo de Europa como cizaña peligrosa, sin que el débil retoño sajón hubiera dado todavía los ricos frutos que los tiempos le reservaban. Para los americanos de hoy, a uno y otro lado del ecuador, el patriotismo del suelo está reforzado por un patriotismo de principios, un noble orgullo de haber nacido bajo la estrella de la igualdad de ventajas; pero entonces la libertad no tenía el sentido noble que le han dado después los triunfos del individualismo. Felizmente, aun cuando el bando monarquista contaba con opiniones de tanto peso como las de San Martín y de Belgrano—al segundo de los[546] cuales el Congreso hizo el honor de oír en sesión secreta especial—y aun cuando la causa de la democracia tuvo una pobre defensa de parte de uno de los detractores de la monarquía, la buena[547] doctrina triunfó en esa hora crítica para la república y para la América toda. Como se ve, aquel instante de la historia es un punto de empalme en el cual los destinos del continente estuvieron en peligro de tomar otro carril que hubiera llevado las ideas y los hombres por otros campos de la acción política y social, transformando la vida de medio hemisferio y afectando tal vez seriamente la suerte de las instituciones democráticas en los Estados Unidos. Afortunadamente, en ese minuto supremo, una mano firme[548] se apoderó de la palanca que podía haber cambiado la marcha y antes de que los demás actores se percataran, un gran convoy de pueblos había entrado en la vía que conduce a los destinos[549] superiores de la humanidad.
Aunque el Congreso no dió al país la constitución que de aquél se esperaba, salvó, como se ha visto,[550] la suerte de la democracia. Por este solo hecho la posteridad le ha perdonado su ofuscación, sus vacilaciones entre el régimen republicano federal por el cual se pronunció primero y el centralista que luego adoptó, y hasta las veleidades monárquicas en que más tarde reincidió. En cambio, la luz que encendió en aquella hora vespertina señaló constantemente el puerto seguro a los pueblos que estuvieron a punto de extraviarse para siempre cuando cerró la larga noche de la[551] anarquía.
BUENOS AIRES EN 1815
Vicente Fidel López
(Title: Buenos Aires. The name Buenos Aires goes back to two legends. The one says that on landing the settlers exclaimed, “¡Qué buenos aires!”, whence the name. The other, and more likely one, says that the sailors, hard pressed by bad weather, made vows to “la Virgen de Buenos Aires”, their patron saint, and upon landing safely named the place Buenos Aires, in gratitude to her.)
Se necesita hacer un esfuerzo de imaginación para comprender hoy lo que era Buenos Aires ahora setenta años. La porción urbana que servía de asiento a la iniciativa política y gubernamental de la comuna, ocupaba un radio bastante modesto. Tomando por texto el plano de la ciudad, que, por orden del virrey Avilés, levantó en el año de 1800 el señor don Pedro Cerviño, agrimensor y piloto muy competente, se ve que los suburbios, es decir, la parte en que no había paredes sino cercos de tunales, comenzaban, por el sur, en las manzanas limitadas hoy por las calles de Méjico y de Chile. A ese lado, la ciudad quedaba separada de sus orillas por esa avenida caudalosa de las lluvias que llaman el tercero del[552] sur, cuyo nombre antiguo era el Puente de los Granados, porque atravesaba terrenos de la propiedad de la familia de este nombre, a la que pertenecía la virtuosísima madre de nuestro amigo y co-redactor D. Juan María Gutiérrez.[553] Allí comenzaban ya los cercos que encerraban una infinidad de huecos o eriales atravesados por sendas, y en cuya extensión vivían, en casas muy modestas, no sólo las familias pobres, sino también un extenso número de las de mediana condición, sin necesidad y sin idea ninguna de la riqueza. El amueblado de una familia común podía calcularse, cuando más, entre cien y ciento cincuenta pesos de plata. Duraba de una generación a la otra, y no se renovaba jamás sino por piezas insignificantes. La mesa y el mantenimiento se reducía, en general, al gasto de dos a[554] cuatro reales por día, sin dejar de ser abundante y suculenta, porque todos tenían aves y verduras en sus corrales, y lo único que se compraba era la carne y el pan.
Estos suburbios, muy bien caracterizados por Cerviño con el nombre de tunales, se corrían desde el Puente de los Granados (en la calle del Perú), siguiendo una línea oblicua hacia el noroeste, hasta la plaza de Monserrat, que quedaba lindera, diremos así, con el despoblado; y que era por lo mismo un suburbio popular de los más poblados, y muy turbulento por cierto. La iglesia y la parroquia de la Concepción quedaban naturalmente entre las quintas y entre los cercos agrestes de las orillas. Entre Monserrat y la Plaza Nueva (hoy Mercado del Plata) había unas cuantas manzanas de población algo compacta aunque de pura clase pobre; y lo que es hoy calle de Salta quedaba entonces entre los eriales y los huecos, que eran verdaderos matorrales de hinojos y de cardos, erizados de arbustos de sauco, y de montes de durazneros que servían para abastecer de leña a la población. En toda la línea del norte, que es[555] hoy la calle de Corrientes, comenzaban de nuevo los tunales, los huertos, los cercos agrestes, los eriales con sendas, hasta el Retiro, donde estaba la Plaza de Toros, y cuyas cercanías estaban rústicas y muy pobladas de orilleros. Había también por allí algunas quintas, que eran verdaderas soledades bastante difíciles de cuidar: campo de la justicia de los prebostes de la Hermandad.[556]