Buenos Aires, cuyo nombre se confunde con el de todo el país argentino en la simple imaginación de muchas gentes, significa la fortuna por el trabajo. Pero hasta este trabajo tiene algo de maravilloso, de inaudito, de nunca visto. El trabajo europeo es para el emigrante una esclavitud penosa, ingrata, degradadora, de la que quiere librarse para siempre: escasos jornales, que apenas si bastan[601] para la satisfacción de las necesidades más primarias; imposibilidad del ahorro como medio de cambiar algún día de posición; falta absoluta de esperanza de mejoramiento; largas temporadas de famélico descanso por abundancia excesiva de brazos, y por encima de todo esto el fatalismo social del mundo viejo, que marca al pobre desde que nace, condenándolo a permanecer eternamente abajo, sin una ilusión, sin un resquicio en su mísera obscuridad, por donde pase la mano de la Fortuna y le busque a tientas tirando de él hacia lo alto.

¡Buenos Aires!... Este nombre hace soñar al desesperado. Al repetirlo mentalmente se siente fortalecido, con energías centuplicadas para la lucha. ¡Trabajará! el trabajo no le da miedo. Desarrollará una actividad triple o cuádruple que en Europa sin sentir cansancio, porque verá inmediatamente en sus manos el resultado de sus esfuerzos y conocerá la remuneración amplia y generosa. Sus brazos van a ser algo solicitado y respetado, con un valor positivo, sin el desprecio de la infinita concurrencia. Al fin va a entrar en relación con el dinero, antes invisible, y el trabajo le buscará, en vez de marchar tras él implorándolo como una limosna.

Hay además en todo emigrante algo de esperanza novelesca; la quimera que acompaña siempre a los hombres, aun a los de pensamiento más rudimentario, en todas las empresas de su vida. ¡Buenos Aires!... Al conjuro de este nombre surgen en la memoria historias maravillosas de rápidas y enormes fortunas; cuentos reales de lo que pudieran llamarse Las mil y una noches de la riqueza moderna: historias de españoles que llegaron al suelo argentino sin otro haber que un hato de ropa al hombro, para juntar en los años de su existencia veinte millones de pesos y extensiones de tierras grandes como provincias: historias de italianos que emprendieron el viaje para ser músicos en cualquier teatrillo de extramuros y acabaron poseyendo centenares de leguas en la fecunda Pampa. ¿Por qué han de ser ellos los únicos? Lo que ocurre a un hombre, ¿no puede ocurrirle a otro?

—¡Quién sabe!... ¡Quién sabe!...

Y murmurando mentalmente palabras de esperanza, se duermen sobre las cubiertas en la noches templadas de la travesía, unos contra otros, confundiendo miserias e ilusiones, como dormían en sus campamentos, muchas veces sin comer y transidos de frío, los soldados de Napoleón, pensando en el majestuoso Murat,[602] antiguo mozo de mulas; en el rey Bernadotte[603], nacido en una panadería; en todos los príncipes, mariscales y monarcas venidos de abajo, lo mismo que el último granadero; recuerdos que inflamaban su entusiasmo, borrando con el cálido esponjazo de la ilusión penalidades y desalientos.

¡Buenos Aires!... ¿Qué misterioso poder hace circular este nombre por toda Europa? ¿A impulsos de qué ley surge siempre con caracteres de fuego en la negra pesadilla del desesperado que recuerda con terror los compromisos y miserias del día siguiente? ¿Quién lo murmura, como un tenue susurro de esperanza, al oído de todos los que desean cambiar de suelo y de existencia?

Años atrás el Gobierno argentino fomentaba directamente la inmigración, tenía agentes reclutadores en todas las naciones, pagaba los pasajes; pero ahora hace mucho tiempo que ha abandonado este sistema. Ya no se cuida de atraer gente, pues tiene confianza en las excelentes condiciones del país y sabe que aquélla no ha de faltarle. Deja que el emigrante llegue a impulsos de su propia voluntad, costeándose el viaje (con lo que evita en parte el contingente de mendigos profesionales), y sólo se encarga de auxiliarle y dirigirle desde que pisa el suelo argentino. ¿Quién, pues, aconseja al emigrante europeo este viaje? ¿Quién ha lanzado el nombre mágico, evocador de esperanzas, en el escondido valle del centro de Europa, en la casa de madera perdida bajo las nieves de la estepa rusa o los fiords noruegos, en la exigua aldea de pescadores a orillas del Atlántico y del Mediterráneo, o en los barrios policromos de las tortuosas y dormidas ciudades de Oriente?...

Se dirá que los más[604] de los que emigran tienen parientes o amigos establecidos desde muchos años antes en la tierra argentina. Cerca de dos millones de extranjeros viven en ella, y éstos, satisfechos de su nueva existencia y gozando de una prosperidad—por escasa que sea—siempre superior a la que disfrutaban en el viejo continente, ejercen una atracción poderosa sobre su lejana patria.

Muchos de los que se embarcan sienten acallada su zozobra por la seguridad de que alguien les espera en la orilla americana. El muchachuelo español de boina azul que entona canciones en los bailoteos de a bordo, lleva oculta en el pecho una carta para el paisano y pariente que salió hace años de la aldea asturiana o la casería vasca para no volver más, sobreviviendo en la memoria de la familia y el vecindario con el prestigio de lejanas y fabulosas riquezas. El personaje omnipotente es almacenero en el campo, tiene un boliche en las inmensidades de la Pampa o Río Negro, y[605] el muchachuelo, apenas desembarque, pasará por Buenos Aires velozmente, yendo a caer en línea recta tras un mostrador, centenares de leguas tierra adentro, donde con una adaptación sonriente, como si hubiera salido de la casa paterna un día antes, comenzará a servir copas a los parroquianos de poncho, chiripá, bota de potro y sonoras[606] espuelas, que tal vez saluden a un futuro millonario en el listo galleguito. Los hebreos del lejano Oriente llevan recomendaciones fraternales para sus correligionarios de Buenos Aires dedicados a industrias urbanas, o para los que cultivan las colonias de Entre Ríos. Los italianos cuentan[607] siempre en Argentina los parientes a centenares. Algunos de los que van en el buque han hecho el viaje varias veces. Son golondrinas que llegan[608] en la época de la recolección de las cosechas, cuando se pagan los jornales a precios exorbitantes, y luego, con los ahorros bajo el ala, emprenden el viaje de retorno, tomando el transatlántico como quien toma el tranvía. Muchos que llegan por primera vez serán colonos, peones del campo, al lado de los amigos que les precedieron, o se dedicarán bajo su dirección y consejo a todas las faenas urbanas.