Es cierto que una parte de emigración actual va a la Argentina atraída por los compatriotas que hicieron antes el viaje, o recomendada a éstos. Pero, ¿quién atrajo y aconsejó a los que llegaron primeramente por su propia iniciativa? ¿Quién impulsa ahora a los que se presentan solos, sin apoyos ni conocimientos, fiados al buen gesto del destino? ¿Quién ha hecho que el recuerdo de Buenos Aires surja como una suprema solución en el ánimo de todo europeo que atraviesa uno de esos conflictos que cambian una vida?
Cada grupo cosmopolita que llega a los muelles de Buenos Aires es una nueva prueba de la fama mundial de la ciudad-esperanza, moderna Sión para todos los que ansían paz, trabajo y bienestar.
Su nombre circula por el mundo viejo como una brisa dulce que despierta las almas adormecidas. Las razas sin patria y los pueblos que empiezan a dudar de la que tienen por no encontrar en su seno más que pobrezas y opresiones, sienten como un rejuvenecimiento al pensar en este país maravilloso donde se realizan los más asombrosos avatares. Es la tierra donde el holgazán se siente activo, el apático se mueve con los entusiasmos del optimismo, y el que era en el viejo continente torpe e inútil, deformado por la estrechez del ambiente natal, surge del duro quiste rutinario con originales iniciativas, como si le inspirase el nuevo medio.
“¡Buenos Aires!”, murmura el viento en las noches invernales, al colarse por el cañon de la chimenea en la cocina campestre, española o italiana, donde la familia pasa las horas triste y silenciosa, rumiando cómo podrá evitar al día siguiente el embargo de los cuatro terrones que[609] constituyen su fortuna, o cómo adquirirá el pan necesario: “¡Buenos Aires!”, muge el vendaval cargado de copos de nieve al filtrarse por entre los maderos de la isba rusa: “¡Buenos Aires!”, parece escribir el sol en arabescos temblones de[610] luces y sombras en los muros calizos de la callejuela oriental, ante los ojos del pobre otomano, encorvado por la servidumbre y el miedo: “¡Buenos Aires!”, repiten las alas de oro de la Ilusión cuando vuela de reverbero en reverbero, a altas horas de la noche, por los desiertos bulevares[611] de las grandes metrópolis europeas, precediendo los pasos del pobre desesperado, sin hogar, sin pan, que estudió para morirse de hambre, que ha visto fracasadas por falta de ambiente todas sus iniciativas, y tal vez piensa en el suicidio.
Y todos, sin distinción de razas y clases, ignorantes e intelectuales, fuertes o humildes, al conjuro de este nombre ven alzarse en el último término del paisaje de su fantasía, bañada por la luz verde de la esperanza, una mujer majestuosa, pero de esbeltez juvenil, sin la pesadez imponente de la matrona; una mujer blanca y azul como las[612] vírgenes soñadas por Murillo, con el purpúreo[613] tocado, signo de libertad, sobre la suelta cabellera; una mujer que sonríe abriendo en cruz los brazos amorosos y deja caer desde su altura de montaña palabras que revolotean como pétalos de rosa y mariposas de oro.
—Venid a mí, los que tenéis hambre de pan y sed de libertad. Venid a mí, los que llegasteis tarde a un mundo demasiado repleto. Mi hogar es grande; mi casa no la construyó el egoísmo. Está abierta a todas las razas de la tierra, a todos los hombres de buena voluntad.—