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El buque sigue avanzando. Cambia el cielo y cambia el mar. Hay días en que el férreo vaso cabecea con mayor violencia sobre las olas y la muchedumbre aparece menos espesa, con grandes claros. Los que se sienten heridos por el mareo, ocúltanse en las profundidades del buque. Otros permanecen tendidos al aire libre, pálidos, inmóviles como cadáveres después de una catástrofe. Ya no suenan músicas: una tristeza gris parece gravitar sobre la cubierta, rociada de vez en cuando por el polvo acuoso de las olas, que chocan contra los flancos de la nave, levantando una cortina de espumas. Los habituados al viaje, que llevan a prevención como supremo lujo[614] un asiento de tijera o una silla de lona, permanecen sentados, fuman y miran al mar con aire de conocedores, insensibles a la general molestia que parece enseñorearse del buque.

Cuando las muchedumbres europeas de la primera Cruzada, armadas al azar, y sin otra disciplina que el entusiasmo religioso, caminaban hacia Oriente, su fe y su ignorancia les hacían sufrir tremendas decepciones.

Siempre que en el horizonte aparecían las torres y cúpulas de una ciudad, la piadosa e inocente turba estremecíase de gozo.

—¿No es Jerusalén?... Sí: es Jerusalén; la ciudad santa. ¡Hosanna! ¡Hosanna!

Los viejos gemían enternecidos; los monjes lanzaban su inflamada predicación; los hombres requerían las armas, creyendo llegado el momento de pelear contra los infieles; los niños entonaban cánticos y las hembras gritaban de entusiasmo, incorporándose en los carretones, a la cola del inmenso éxodo.

Estos infelices cruzados, cuando imaginaban hallarse próximos a Jerusalén, estaban aún en las llanuras de la Baja Alemania o de Austria, y el espejismo del entusiasmo repetíase todos los días al avanzar por el centro de Europa, creyendo haber llegado al término de la jornada cada vez que columbraban a lo lejos una ciudad o un castillo.

La misma ilusión del deseo acompaña a los pobres emigrantes, entusiastas cruzados de los tiempos modernos. La ansiada Jerusalén surge ante sus ojos en toda ribera que costea el buque, en todo puerto donde echa el ancla.

¡Buenos Aires! ¿Dónde está Buenos Aires?... Un estremecimiento de esperanza corre por la muchedumbre cuando aparece frente a la proa una faja de tierra. Hasta los más ignorantes conocen la cantidad de días que debe durar la navegación; pero la ansiedad les hace creer en un milagro, en una marcha extraordinaria del buque, y al ver la tierra, se gritan unos a otros:

—¡Buenos Aires!... ¿Será esto Buenos Aires?