No: no es la ciudad-ilusión. Es Pernambuco, es Bahía, es Río Janeiro; y cuando el transatlántico queda fondeado a la vista de la tierra, los peregrinos se agolpan en la borda, mirando la ciudad lejana, pero sin deseos de bajar a ella, faltos de curiosidad. Para ellos no hay nada que les interese en este país: su esperanza vuela más lejos.

Los que hacen el viaje por primera vez, admiran el color negro y la crespa y lanuda pelambrera de los lancheros; compran las frutas raras amontonadas en las barcas que circulan como insectos en torno del gigante marino; admiran su sabor exótico, y al fin acaban por volver la espalda a la costa, tendiéndose en sus mantas y colchonetas, aburridos de esta inercia, deseando reanudar antes el viaje. Buenos Aires es lo que les importa. ¿Cuándo llegarán a Buenos Aires?...

En la espléndida bahía de Río Janeiro, la hermosura del panorama los conmueve unos instantes. Luego reaparece la indiferencia. Ellos no han de vivir en esta tierra; ¿para qué interesarse por sus montañas rosadas de bizarras formas, y sus calles blancas, con dobles filas de altos cocoteros?

Cuando el transatlántico emprende otra vez la marcha, la gente canta y ríe, creyéndose próxima al término del viaje. Ya no aguardarán más: casi se hallan a la vista de la ciudad de la esperanza: la próxima escala es Buenos Aires. Y transcurren varios días sin ver otra cosa que cielo y mar. Algunas veces se marcan en la línea del horizonte manchas obscuras que parecen nubes bajas y son montañas.

El aislamiento de la navegación, la vida común con gentes tan diversas en medio de la soledad de los elementos, la marcha hacia otro mundo misterioso, parece haber transformado la moral de los emigrantes, creando en ellos una nueva personalidad. ¡Adiós, timideces del terruño, humildades de familia, miedos rutinarios a todo lo que se sale de la estrecha norma de lo vulgar!

El pobre campesino, acostumbrado en su país al expolio y la miseria resignada, se siente ahora altivo, con nuevas fuerzas para hacer frente a todos los obstáculos. El viento del océano, al ensanchar sus pulmones, parece echarle atrás los hombros, dando a la cabeza una erguida altivez. Oyendo a los aventureros, a todas estas gentes de extraños países, empieza a considerar con cierto orgullo su condición de emigrante y de pobre. La soledad atlántica, las largas horas de recogimiento, lejos de toda organización social, le hacen apreciar la pequeñez de los hombres y de sus leyes, y se contempla a sí mismo más grande, más poderoso. Las preocupaciones que en tierra firme fueron muchas veces su tormento, las desprecia ahora por insignificantes, viéndose lejos de ellas.

El hombre del viejo mundo desaparece. Cada singladura se lleva algo de su antiguo sér. Van[615] desapareciéndose de su ánimo las timideces y resignaciones de la educación tradicional. Son a modo de escamas del primitivo organismo que se despegan de la piel y caen al agua. Cada día pierde una. Cuando llegue al término de su viaje será otro.

Siéntese capaz de las grandes iniciativas. El pobre de Europa, sometido, y a la huelga, sin esperanzas, sin afanes de actividad, que al fin tuvo que embarcarse y emigrar, le parece ahora un hombre distinto. ¡Lo que trabajará él en el[616] Nuevo Mundo! Hará fortuna a las buenas o las malas. Siente en su ánimo la fría audacia, el egoísmo homicida de los aventureros que todo lo justifican con las necesidades imperiosas de la lucha por la existencia. Su alma es la de los héroes de Balzac que contemplaban París desde una[617] altura, con ojos de invasor implacable y desdeñoso, murmurando: “¡Tú serás mío!”[618]

¡Buenos Aires!... Él conquistará la gran ciudad; se batirá con ella a brazo partido para poseerla, para dominarla. Aislado en el mar, lejos de la realidad, en plena fantasmagoría de la ilusión, se considera capaz de los más estupendos esfuerzos. En sus conquistas imaginativas entra[619] por mucho el desconocimiento del país adonde se dirige, esa ignorancia de América que es en el viejo mundo algo secular e inconmovible. Sabe que Buenos Aires es una gran ciudad, se la imagina semejante a una buena capital de provincia pero al mismo tiempo, con bizarra confusión imaginativa, ve tigres que saltan y juguetean como gatos en los alrededores de la urbe; serpientes colosales que ondulan o se arrollan a los árboles de los paseos; negros indolentes a los que hay que dar con el látigo para que trabajen; indios pintarrajeados y emplumados que asaltan los tranvías de los arrabales y se llevan cautivas a las señoras; una mezcla de civilización avanzadísima y de tremenda barbarie. ¡Desdichado país si no vinieran de afuera los hombres blancos para salvarlo!... El alma de un paladín de romances de caballería late en él, quitando todo valor a la palabra “imposible”. Matará, si es preciso, tigres y pitones; hará prisiones a los feroces indios y, pasándoles una anilla por la nariz, los llevará a trabajar ricas tierras, escogidas a su gusto. ¡Él lo hará todo!...

Las olas violentas que chocan contra el buque han cambiado de color. Ahora son rojizas, como una melena leonada, y sucias por el barro que llevan en suspensión. Se ve el lejano perfil de una costa por estribor, y los emigrantes abren los ojos asombrados al oír que ya no están en el mar, que este espacio infinito de agua, con su oleaje tempestuoso, es un río, el famoso río de la Plata.