Empieza a anochecer, y en la costa, cada vez más cercana, se marcan centenares de luces. Al principio, forman líneas, como si indicasen la horizontalidad de caminos y bulevares exteriores; luego se hacen más densas, se agrupan, se remontan por invisibles cuestas, se diferencian en rojas y blancas, destacándose las eléctricas como gotas caídas de la luna, entre las temblonas pinceladas del gas.[620]
—¡Buenos Aires! ¡Viva Buenos Aires!—gritan a proa, con entusiasmo de peregrinos.
No, tampoco es Buenos Aires. Es Montevideo.
El buque tras una detención de algunas horas, sigue su rumbo. Ahora parece que navega sobre algodones. Los pasajeros, acostumbrados al movimiento de todo cuanto les rodea, a sentir ondular el piso bajo sus plantas, a la oscilación general de los objetos, experimentan una extrañeza casi molesta, al ver que el buque avanza, y, sin embargo, parece inmóvil. El río, obscuro, toma[621] blancuras de leche bajo la luz de las farolas de los buques. Una línea de boyas encendidas marca el paso a las embarcaciones en esta inmensidad.
La placidez de la navegación, el momentáneo silencio, el descansar de maderas y hierros que han venido frotándose y cantando un monótono ric-ric durante medio mes, todo invita al sueño; y sin embargo, pocos duermen.
La gente, tendida en la cubierta y en los sollados, sueña con los ojos abiertos. Percibe la proximidad de algo extraordinario, algo que la estremece con la emoción de lo desconocido. Cree oír la respiración de un organismo enorme. Buenos Aires está cerca. Y los que ansiaban tanto llegar a ella, vacilan ahora y tiemblan. ¡Adiós, fantasías de la soledad! Ya se hallan vecinos a la gran Esfinge. ¿Cómo irá a recibirles?...
Los bravos exterminadores de serpientes y de indios empiezan a dudar de sus fuerzas. Hay algo en el ambiente que repele estas fantasmagorías, que ríe de ellas, como los buenos vecinos de la[622] Mancha reían de los heroicos e irreales propósitos del esforzado hidalgo. El emigrante empieza a sentirse igual a como era antes de poner el pie en el transatlántico. ¡Acabaron los ensueños del mar! Reaparecen sus indecisiones, sus timideces, su falta de confianza en la suerte.
El animal humano está próximo, la sociedad sale a su encuentro, y esto basta para que se desvanezca[623] el superhombre de vida fugaz engendrado en las soledades de la navegación; el héroe de todos los arrojos, que no reconocía obstáculos.
Apenas apunta el día, la cubierta se llena de gente. Las boyas luminosas destacan sus luces cabeceantes en la penumbra del crepúsculo. Todos se agolpan en la proa deseosos de ser los primeros en contemplar la esperada visión.