—¡Buenos Aires!... ¿Dónde está Buenos Aires?

Una cortina de niebla oculta el horizonte. La sirena del buque ruge a ciegas en este ambiente blanco y denso, semejante al de los mares septentrionales. El agua, de un color lácteo, a impulsos de la marea ascendente, choca con manso susurro contra los costados de la nave. A través de los espesos telones de la atmósfera pasan otras sombras, lentas, enormes y negras: vapores que avanzan con la grave calma del peligro; veleros de arboladura escueta que se deslizan siguiendo sumisos el tirón del remolcador.

De pronto, el transatlántico modera su leve marcha; apenas se mueve ya. Al mismo tiempo desgárranse los velos del horizonte y la luz pálida de la mañana saca de la bruma todo un mundo. Aparece a ambos lados del buque el río inmenso, sin orillas, como un mar de dilatados horizontes, y frente a la proa una ciudad, más bien dicho, una extensión cubierta de edificios, ilimitada, sin términos visibles, infinita como la superficie acuática.

—¡Buenos Aires! ¡Al fin!... Esto es Buenos Aires.

La retina no puede abarcar los muelles, que se[624] pierden de vista; las dársenas llenas de buques, que se esfuman en el horizonte; los almacenes y elevadores de trigo, altos y majestuosos como catedrales; las arboledas que siguen la ribera; las calzadas polvorientas por donde pasan trenes y rosarios interminables de carretas. Detrás, altos edificios y suaves rampas marcan una altura, una cuchilla de tierra, el perfil de una meseta de contornos pulidos por el secular arrastre del río; y sobre esta meseta se extiende la urbe, uniforme, baja, monótona, pero de una grandiosidad inabarcable; una ondulación de tejados grises, que se pierde en el horizonte, que avanza tierra adentro, borrando toda idea de límites, desorientando a las imaginaciones, que en vano pugnan por abrazarla; un caparazón gigantesco, en el cual cada escama es la cubierta de una vivienda; un escudo inmenso e igual, del que sobresalen torres y cúpulas como un adorno de clavos, y borlones de seda verde, que son frondosos jardines.

Los que llegan se sienten intimidados por esta enormidad. La capital gigantesca parece caer sobre ellos con mortal gravitación.

—¡Qué grande!... ¡Qué grande!...

¡Adiós arrogantes propósitos de conquista, gallardías audaces de dominación y rápido encumbramiento! Es la ciudad la que conquista a los recién venidos, la que los hace sus esclavos, tímidos y sumisos, con sólo mostrarse un momento, fría y casi dormida entre las brumas del amanecer.

Muchos de los que llegan nacieron en una aldea o en el campo; no han visto otras ciudades que las de los puertos de embarque, y quedan espantados, enmudecidos por el respeto y el pavor a la vista de esta gran metrópoli de rápidas transformaciones, que todo lo encuentra estrecho, que rompe cada cinco años el traje de albañilería que le fabrican los hombres, y crece y crece, no reconociendo fronteras en su desarrollo.