Su primer viaje a Italia, en el año de 1629, que fué en el que terminó Los Borrachos, marca un progreso en el perfeccionamiento de sus cualidades nativas tan desarrolladas por el estudio de los grandes maestros italianos y por su constante afán de realizar una interpretación sobria y siempre fiel del natural.
En aquellos países y por aquellos años, en el ambiente clásico, produjo La Fragua de Vulcano, obra mitológica en la que, si no demostró un saber profundo acerca de los cánones clásicos, dejó bien patente su maestría en la resolución del desnudo. Asimismo y entre otras obras, pintó entonces los dos paisajes de la Villa Médicis, en Roma, donde mostró, no obstante la sencillez de estas obras, la manera cómo él comprendía y trataba el paisaje. En este respecto se le ha considerado como un precursor de la forma en que las modernas escuelas han entendido la resolución de la pintura al aire libre.
Desde 1631, en que regresó de Italia, hasta 1649, en que emprendió su segundo viaje, se halla comprendido el período de la más variada y asombrosa producción del artista, no por lo fecundo, que Velázquez no lo fué nunca en cuanto al número de las obras de su pincel, aunque sí por lo selecto de esas obras.
El cuadro de Las Lanzas, de sin igual nobleza, obra representativa del genio pictórico de una raza hidalga; los retratos ecuestres de Reyes y Príncipes; aquellos otros en que estos mismos personajes aparecen vestidos de cazadores, en los que se sirvió para fondo de diferentes paisajes del monte del Pardo, que con sus seculares encinas, plantadas en un terreno rico en accidentes, pero pobre de suelo, se ve limitado en el horizonte por la cadena de montañas de la sierra de Guadarrama, donde brillan al sol de Castilla sus altas cumbres casi siempre cubiertas de nieve; otros retratos como el del Conde Duque de Olivares; el del Rey en traje militar, pintado en Fraga en 1644 y descubierto el año pasado; los de algunos bufones de la Corte; el de mujer española, tan típico en su clase, que atesora la colección Wallace; el Cristo en la cruz; las escenas de caza, son obras que bastan para dar idea del crecimiento que adquiere el pintor durante ese período, acentuando su personalidad potente. Durante estos diez y ocho años de su edad madura desenvuelve lo que la crítica ha denominado su segunda manera, más amplia y grandiosa que la de su juventud, más colorista cada día, enriqueciendo todas las obras que salían de sus pinceles con aquellas finas armonías grises, a veces plateadas, tan características y tan inconfundibles.
Pero aun guardaba bríos para crear un arte superior, quizá enigmático de puro sencillo, que se muestra en todas las obras de la última década de su vida, arte tan sublime que empezó no ha mucho a ser comprendido y que hoy está dando sus mejores frutos.
Desde que en 1650 Velázquez pintó en Roma el retrato del Papa Doria, precedido del busto de Juan Pareja, de Longford Castle, y del estudio para dicho retrato del Papa que se guarda en San Petersburgo, en el Museo del Ermitage, hasta la muerte del artista en Agosto de 1660, Velázquez, alto funcionario de la Corte ocupado en comisiones de obras de los Alcázares y Palacios Reales, tarea completamente ajena al ejercicio del arte y que contribuyó no poco a mermar su producción, robó, no obstante, a tan múltiples y enojosas tareas el tiempo suficiente para crear obras como los últimos retratos de los Reyes y de los Príncipes que admiramos en Madrid, Viena, Londres y París; la segunda serie de los enanos de la Corte, más asombrosa aun y más rica que la pintada en los años medios, en la cual deben ser colocadas las dos características figuras de Esopo y Menipo, que nada de griegos tienen, pero que son en esta última época de la vida del pintor lo que fueron en la primera el lienzo de Los Borrachos, los dos cuadros religiosos de La Coronación de la Virgen y Los Santos Ermitaños, los seis mitológicos, tres de ellos perdidos en el incendio del Alcázar en 1734, pero de los que afortunadamente conservamos en nuestro Museo Nacional El Dios Marte y Mercurio y Argos, y la Venus del Espejo, que posee la Galería Nacional de Londres, y la originalidad del cual ha sido tan injustamente discutida; y, por último, los lienzos capitales Las Hilanderas y Las Meninas, monumentos supremos de toda una escuela pictórica, modelos de arte sintético, de asombrosa sencillez en su factura, de armonías deliciosas y de estudios de valores, trozos, en fin, de pintura sublime que, bajo una modesta apariencia, nada aparatosa, son, no obstante, obras mágicas creadas espontáneamente, sin que en parte alguna de ellas revelen ni esfuerzo, ni debilidad, ni fatiga.
Tal fué el genio que tanta gloria ha dado a España y que con sólo un centenar de obras ha ejercido la más poderosa influencia en casi todas las escuelas contemporáneas.
Los números que van al pié de las láminas corresponden a los del catálogo oficial del Museo del Prado.