Olig. Lo dicho dicho.

Lis. No puedo creer que tal dicha en mí cupiese, que la cerugía de mi mortal é incurable llaga esté en tus manos puesta; por imposible tengo que nadie pueda merecer alcanzar dama tan soberana en todo merecimiento. Por cierto, suma bienaventuranza sería para mí si solamente gozase de su divina vista, que con tal refrigerio mitigarse ía, en parte, el ardiente fuego que mis entrañas abrasa.

Olig. Señor, yo, cuando pequeño, fuí paje de su padre que en gloria sea, y su madre quiéreme mucho, y por este amor y conocimiento, entro allá y salgo y hablo con Roselia, trayéndole á la memoria que, cuando era niña, yo la brizaba, y con el trebejo la acallaba, y con otras cosas de niñez con que los niños en aquella edad se suelen regocijar. Mira, pues, señor, si te puedo servir, y si hay lugar de cumplir lo prometido, que un dia que otro, yo la tomaré sola á parte y le diré de tí por el mejor estilo que sepa. Pero avísote que te metes en un abismo profundo, en un encenagado piélago, en un mar sin pié, en un entrincado laberinto, que primero que de él salgas has de pasar por muchos peligros, trabajos, zozobras que te sobrevernán si prosigues este intento. Mira bien (pues eres sabio) los fines y remates que suelen haber los amores. ¿Qué fin hubo Achíles, capitan de los griegos, que por la hermosura de Polixena, fija de Priamo, se perdió, cuando Páris, en el templo de Apolo, le echó una saeta por el cuerpo? ¿En qué acabó Pirro, el que con Hermione, hija de la linda Elena, por amores se casó? Oréstes, su esposo, lo mató. ¿Qué diré del mancebo Leandro, el cual pasando á nado el Hellesponto por holgar con su amiga Ero, que de la otra parte estaba, al fin se ahogó? Pues Diocles, fijo de Pisistrato, habiendo contaminado una vírgen que mucho queria, fué muerto del hermano de la doncella. ¿Quién no sabe las batallas campales que Turno por Lavinia, fija del rey latino, con Enéas tuvo? Dél fué vencido, desbaratado y lanzado de su reino. Bien habrás tambien leido lo de Marco Antonio, capitan romano, que cautivo del amor de Cleopatra, reina de Egipto, por su causa rebelló contra su patria, y vino á morir á manos de su enemigo César. Si venimos á nuestros tiempos, dime, ¿en qué paró Macías el enamorado? alanceado murió. ¿En qué, aquel que por un cordel de sirgo, trepaba á unas muy altas almenas por gozar de la sargenta? cayó del escala, que ni habló ni se bulló más. Pues notoria es á todos la fama del bien enamorado portugues á quien los disfavores de su desdeñosa amiga traxeron á tal estado, que de sí mesmo fué homicida. Al caballero de Almazan, cuán desastrado fin acarrearon sus amores, que su hermano el Conde, segun fama, le empujó de las escalas, y se descoyuntó. No acabaria de aquí á mañana si hubiese de traerte á la memoria todos los malos recados que de semejantes negocios se han seguido.

Lis. Nada me mueven tus exemplos; dexa esa materia, que por demas fatigas tu lengua á darme consejo, dada es la sentencia que yo muera en tal demanda; aunque mil vidas perdiese las daria por bien empleadas, que ya ardo en fuego de amor: ya se emprendieron mis entrañas con sólo el resplandor que del mirador salia, do aquellos pechos virginales recostados estuvieron. ¡Oh fino eslabon de tu fermosura, que en cualquier empedernido corazon que dés tus retoques haces saltar las centellas, que con poca yesca enciendan lumbre y acuden por todas partes de mi cuerpo las vivas llamas! Ya la leña de tu memoria ceba el brasero con abrasadas ascuas, donde mi alma queda en purgatorio fasta que tú de allí la saques.

Olig. No te aflijas, que para todo hay remedio sino para la muerte. Pésame que lo más noble que tienes, que es el ánimo, lo sujetas á cosas mortales y lo empleas en aquello que ni quietud ni reposo darte puede, ni despues de alcanzado, sosiego y gloria permanente.

Lis. Inmortal es la que yo amo, y la que vi ángel es moradora del cielo, pues su angélica figura sobrepuja y vence con belleza á todo lo criado, y sus gracias todo tu humano juicio tracienden.

Olig. ¿Ángel te parece la que del amor divino te retrae, y del Criador á la criatura tu deseo inclina, la que descubre camino para tu perdicion?

Lis. Por ángel tengo y juzgo, y ansí la confieso, aquella cuyo amor hace que ame á Dios como causa del tal efecto.

Olig. Perviertes el órden, señor.

Lis. ¿En qué manera?