Ros. A Melisa decia, señora, que me traxese la canastilla de la labor, que ya me siento mejor.
Eug. Loores á Dios, que ya me temia no entrase por esta casa esta sorda pestilencia de este año de cuarenta, y hiciese en tí, que Dios nos libre, estrena.
Ros. No era nada, señora, sino estos mis desmayos de corazon.
Eug. Pues siéntate y labra esos cabezones de tu hermano, y no te asomes á la ventana, que las vueltas y pasos de Lisandro por aquí, y las momerías que hace, mi hijo las vengará.
Ros. No me mientes á ese loco, que no le puedo oir.
Eug. Bien haya á quien te pareces, que así era tu tia, la monja, cuando estaba en el siglo y la servian caballeros locos como éste. Vén acá, Melisa, henchirás las almohadas limpias y vacía esotras, que están muy sucias; mas quédate con mi hija, que las mozas lo harán.
¶ ARGUMENTO DE LA CUARTA CENA
DEL TERCERO ACTO.
Lee Roselia la carta de su deseado Lisandro, y por consejo de Melisa, su secretaria, aunque con dificultad, encubre el fuego de amor con que toda destila en lágrimas.
ROSELIA. — MELISA.