Cel. Ya va, ya va; perdónete Dios, que por escalones te he traido á lo que quiero; ya no está tan zahareña ni esquiva como ántes.
Ros. ¿Cómo dices?
Cel. Digo, señora, que de diez partes de sanctos apénas hallarás las dos que fuesen vírgines; pocos escapan de la antigua carcoma que nos dexaron nuestros primeros padres. Esta comezon de la carne es red barredera que pesca hombres y mujeres de cualquier estado y condicion. ¿Y esa corona, ó laureola de las vírgenes qué piensas que es sino un gozo accidental, el cual recuperarás con otras obras meritorias? A lo que dices que ofenderás á Dios, y no sabes que una fué la que no erró, cuanto más que yerros por amores dignos son de perdonar, y quien no cae no se levanta. Sé que los delitos corporales ménos graves y de menor culpa son que los pecados espirituales.
Ros. ¡Ay lastimada de mí! que del primer dia que me habló ese caballero siento un fuego escondido en este mi corazon que me lo abrasa, cubierto con las cenizas de mi vergüenza; su nombre y memoria es la paleta que las desvia y descubre el rescaldo de mi encendimiento, mayor que el de Troya. ¡Oh desproveida doncella de todo consejo! ¿qué encendido calor es éste? ¿qué súbito ardor? ¿qué llama tan soberbia es ésta que en mi pecho á deshora concebí luégo que le vi, que ni me aprovecha mi lucha y contienda, ni basta razon á vencer su furor? No sé qué Dios, ó qué diablo es éste que me fuerza la voluntad, dubdosa estoy qué sea, ¿si es el amor? éste debe ser, que sólo hace parecer duros los castigos de mi madre y los consejos de mi hermano, y son ásperos mirándolo bien. Mas, ¿qué digo? ea, ea, Roselia, desecha ese fuego de tí; si pudiere dirás, que si pudiese, desdichada, sano me sería, pero una blanda fuerza me trae do quiere, una cosa la razon, otra Cupido, me aconseja. Veo lo mejor, apruebo lo bueno y sigo lo peor. Muera, muera el que mi deshonra quiere, mas ¿qué me da á mí que muera? ¿soyle yo la causa? Dios es el que tiene poder de dar vida ó muerte. ¿Qué dixe, desatinada loca? Dios le dé vida y mucha, que bien me es lícito sin le amar desealle vida; ¿qué hizo el pecador por donde mereciese la muerte que espera si no le socorro? ¿á quién, si no fuere muy cruel, no moverá la florida edad de Lisandro, su linaje y virtud? ¿quién que lo vea no se aficionará de su gentileza? A mí, cierto, puesto que otras cosas le faltasen, su hermosura me enamora. Si soy causa de su mal y muerte, y pudiendo no le remedio, ¿quién no me tendrá por hija de tigre y por más dura que piedra, y de corazon de peña? Mas rabiosamente le vea yo acabar á manos de mi hermano, que si le ase, él castigará su atrevida locura. Y ¡Jesus! ¿qué dixe? Dios lo vuelva en mejor, y á él guarde por muchos años, aunque estas plegarias y oraciones habian de cesar y poner por obra lo que para luégo es tarde. ¿Y qué, he de hacer traicion á mi madre, y placer á quien otro dia me dexe, y no haya cuenta de mí despues que le agrade y contente otra? y si esto entiende hacer, muera el desagradecido; pero no tiene cara de eso, ni es de esa casta, ni son ésas sus condiciones para que me engañe ó se olvide de mí, que quien bien ama como él, tarde olvida. Ay, ay, ay, vencida soy, cautiva soy, presa soy de su amor. Y pues tú, sábia Celestina, sotilmente, con los fuelles de tu saber animaste el mi fuego mortecino, y despertaste las adormecidas llamas, por Dios vivo te conjuro y por la fe que debes guardar en todo secreto, te ruego me seas fiel secretaria en todo lo que pasáre entre Lisandro y mí.
Cel. Ay, señora, no me digas eso, que me enojo; no me conoces, como creo en Dios, otra tal mujer más secreta que yo no la hay en el mundo, con quién las has; ántes me sacarian la lengua por el colodrillo que yo tal hablase. Soy muda para esas cosas.
Ros. Con esa confianza, madre mia, te descubro mi corazon, que es más de ese señor que mio, y pues la estrechura de tiempo no consiente más prolixidad en nuestro razonamiento, y tambien que las cosas más se aclaran con las presencias, puedes le decir que luégo esta noche, pasadas las doce, me venga á hablar, no por esta torre, que es lugar peligroso, así por estar cerca del aposento de mi madre, como por ser paseado y rondado por fuera de Beliseno, mi hermano, pero sea por del jardin, que es lugar desviado del palacio, de ahí dentro me puede ver y hablar, que yo saldré sin falta á los corredores que salen sobre el huerto.
Mel. Señora, váyase Celestina, y luégo, que se levanta mi señora, y puede ser que éntre acá.
Ros. ¡Ay! véte por Dios, madre, no te vea.
Cel. Toma esta carta de Lisandro, que me olvidaba, y adios.
Eugenia. ¿Con quién hablabas, hija?