Cel. El temor de tu enojo acobarda mi lengua y le pone silencio, que no osé decir lo que diria con tu licencia.

Ros. Di lo que quisieres.

Cel. Ya sabes, señora, que Lisandro pena por tí, y que su dolor y tormento es tan grande, que le quita todo otro sentimiento, porque ningun mal le puede venir que iguale con el que tú le das, ni placer que le absuelva dél; pues sábete agora que está en disposicion de perder la vida por tus amores despues que faltaste la palabra, y si la fe que en tí tiene no le sostuviese, muy presto se anegaria en el golfo de sus pasiones que por tí padece, las cuales cierran las puertas á su consuelo y ábrenlas á su sepultura, que espera, si no le remedias. Él te suplica que reciba de tí galardon de su trabajo en tu piedad, y no muerte en tu crueldad, y que de esta manera remediarás su vida satisfaciendo á su deseo.

Ros. Si el castigo que merece tu osadía en venirme con tan torpe demanda no perdonára mi mansedumbre, en lugar de sufrirte tomára de tu vida venganza.

Cel. Señora, estemos á razon y no lleves las cosas por rigor.

Ros. Eso quiero yo, mala vieja, porque veas que cuanto á mí me sobra de razon para condenarte, tanto á tí te falta para defenderte, y cuanto yo soy sufrida, tanto más tú sobresalida en desvergüenza de tu descarada peticion. Dime, ¿parécete á tí bien hecho que por dar fin á su torpe deseo, dé entrada y principio á toda mi perdicion, de suerte que mi gloria en trabajos, mis dulces placeres en tristezas, mis cantos en lloros, mis fiestas en lutos se vuelvan? ¿Quieres tú que con mi ignominia alcance él victoria, y en mi vituperio soberbia? ¿Quieres que dé triste vejez á mi madre, y que ponga mácula en mi linaje? ¿Qué dirán las gentes de mi maleficio? ¿Quieres que haga cosa donde se me siga infamia en la honra, peligro en la persona, perdimiento en el mayor bien que natura me dió, y aborrecimiento de los que bien me quieren? Finalmente, ¿quieres que viva deshonrada para toda mi vida? Respóndeme á esto.

Cel. De otro temple está esta gaita, luego si le satisface mi respuesta hecho está todo, pues ya no se pone en disputa el servicio de Dios, sino el del dimonio. A pocos empuxones pienso desquiciar las puertas movedizas de su propósito.

Ros. ¿No tienes aquí qué decir?

Cel. Por verdad, mi señora, que si la mucha razon no fuese de mi parte y la poca contra tí, no bastaria la compasion que tengo de aquel que por mucho amar mucho sufre, á aconsejarte que no le dieses la muerte por negarle socorro; y porque lo veas claro, dime qué vituperios ó qué infamia hallas seguirse por complacer al más alindado galan y gentil mancebo que criatura vió, ni natura engendró, ni Dios por agora otro crió; como que no fuese cosa comun que cada dia acaece, y á cada paso lo vemos, y entre manos lo traemos, y los libros de ello están llenos, que doncellas de alta guisa y de real nacimiento, hijas de grandes señores, no sólo amaron sus amigos y servidores, mas muchas de ellas los siguieron hasta sus tierras, donde fueron recebidas con mucha solemnidad, acatamiento y cerimonia. Helena con Páris se vino á Troya, Medea con Jason á Grecia despues que conquistó con su favor el vellocino dorado, Hesione siguió á Thelamon, la dama Bryseis con Achíles se fué, Fílis amó á Demofon, Fedra á Hipólito, Hermione á Oréstes, Deyanira á Hércules, Ariadna á Theseo, Scilla á Minos, Safo á Faon, la malandante Dido por Enéas se perdió, si no nos mienten los poetas, y la desdichada Tisbe de la fiera leona fué despedazada esperando el su querido Pyramo, la desventurada Ero, de que vió el desastrado fin de su muy amado Leandro, de la torre muy alta en la profundidad del mar se echó, y otras muchas que, por no gastar almacen, las dexo de contar. Todas éstas por amar y bien querer á sus enamorados hicieron memoria de sus nombres, fama de su fermosura y exemplo de su hecho. Allá á Pasifae, á la matrona Cibéles, á Lanace y á la hermosa Sigismunda, hija del rey Tancredo, sea vituperio y deshonra, que la una con el toro, la segunda con el mochacho Atys, la otra con su hermano Macharco, la cuarta con Guiscardo, hombre de baxa suerte y servidor de su padre, tovieron que hacer fea y torpemente; allá á las que con sus negros y esclavos y con sus mozos de espuelas trataron de abominables amores, les venga la infamia que merecen. A éstas y á otras tales es de dar en rostro su error, pero no á las que lo hacen con personas de alto merecimiento, como es nuestro Lisandro que ¿sabes quién es? un Narciso, un Absalon, un Ganimédes, un Lypariso en hermosura, un rey en linaje, un Alejandro en franqueza, un Sanson, un Hércules en fuerzas, un Hector, un Achíles, un Ajaz en armas, un Orfeo en música, un ángel, una dama en condiciones; de tales amantes ser amada, de tales servidores ser servida, gloria es, á mi ver, y descanso, que no vituperio ó trabajo. Si él no fuera quien es, hobiera causa para temer el juicio de las gentes y el mal tratamiento de tus deudos, pero siendo quien es Lisandro, ántes te lo tendrán á bien, que tan hermoso hombre no pertenecia sino para tan hermosa mujer, que, por mi salud, estotro dia, cuando le llevé la buena nueva, le oí estas palabras estando consigo solo disputando: ¿Y qué tiene que ver con mi señora Roselia la linda Helena, ni la bella Polixena, ni la hermosa Filomena, ni la gentil Lucrecia, ni la fresca Dina, ni la agraciada Thamar, ni la extremada Pandora? Pardios, no las estimaba en una paja en tu comparacion. A esotro que dices de tu peligro, agora está por ver el poder y favor grande que tiene Lisandro en la ciudad, para te hacer segura de todo el mundo si fuere menester, cuanto más que yo daré manera para que lo hagais secretamente y que nadie lo sepa.

Ros. Bien que todo eso sea, pero ¿quieres que pierda mi virginidad, y la corona de ella, y que ofenda á Dios?