Cel. Que me pesa en buena fe, bien y verdaderamente echada en ese estado enferma de ese mal, que es peligroso si no se aplica con tiempo el remedio, que el corazon es principio de la vida.
Ros. Vieja honrada, como pasabas por nuestra puerta hícete llamar para darte descuento de lo que pasa, y que no me tengas por mujer liviana que no cumplo mi palabra; yo no quise salir á hablar ese tu caballero, porque quien nos viera juzgára lo que no es, y no la mi buena intencion, y como las mujeres seamos más obligadas á nuestra fama que á nuestra vida, no me estuvo bien condenarme á mí de culpa por librarle á él de pena.
Cel. Ay, mi ángel y mi Pascua de flores, como te lo dices; no parecen tus palabras sino perlas que se caen de esa tu boca de oro.
Ros. Yo lo haria, por cierto, si mi honra estuviese salva de malos juicios, pero como sea más deshonesto el oir á las mujeres que el requestar á los hombres, no pudiera remediar su mal sin amancillar mi honestidad; y si la mujer la honra pierde, nunca la cobra, bien lo ves tú.
Cel. Aquello de requestar me contenta; bien sabe que serian requiebros y no devociones lo que habian de platicar.
Ros. Habla alto que te pueda oir, y no muy recio, no te sienta mi señora madre.
Cel. Digo, que siendo bien de noche, como á las doce ó á la una, nadie lo barruntaría, ¿quién lo ha de ver ó oir, todos durmiendo?
Ros. Anda, que las paredes han oidos; no hay cosa, por más secreta que sea, que tarde que temprano no se venga á descobrir.
Cel. Señora..... Mas creo que sera bueno hablalle á las claras, y dexar estos servicios de Dios, que en buen són la tengo.
Ros. ¿No dices lo que comenzado habias?