Niñ. Beso las manos de vuesta mesed.
Ros. Dios te haga bueno, mis entrañas.
Niñ. Que vayas.
Cel. Luégo, mi amor. ¿Así que me dices eso por muy cierto, hija Marivañes? de otra manera me lo habian contado. Pues voy y quédate adios.
Mar. Dios haga tus cosas y las aderece como deseas.
Mel. Tia, alza las haldas, que hacen ruido, y entra muy quedito aquí en esta recámara.
Cel. Ay, señora de mi bien, ¿y mala estás?
Ros. No es nada, madre, sino unos desmayos de corazon que me tomaron despues acá.
Cel. Bien está, mal de corazon es, tú te lo dirás.
Ros. ¿Qué dices?