Lis. Acá no pensamos, Brumandilon, sino que habias huido tú de ellos, y ellos de nosotros.

Brum. Sobre eso, señor, me mataria con quien tal dixese de mejor gana que me iba á matar con éstos que huyeron, no creo en las obscuras y sombrías lagunas do los dioses jurar tremian, si no me adelanté, porque no se me fuesen por piés, y todavía, en viéndome que volvia á ellos, hurtáronme el cuerpo y desaparecieron, dexándome esto que ves porque no impidiese su huida. ¡Qué hombre yo para huir! descreo de tal si aunque otros tantos fueran más, á todos no desarmára, como hice á éstos. Yo, señor, como me he visto en algunos arrebates y refriegas, cierto más que estos mis compañeros, sé mejor en qué manera se han de cazar los fugitivos. El aire me dió que habian de huir, y por ende les atajé los pasos.

Lis. Estémonos aquí fasta que dé la hora.

Bel. Mozos, ¿qué es de vosotros? ¿dónde venis?

Galf. ¿Dónde venimos, pese á tal? en pos de uno que sentimos ser de la cuadrilla.

Cas. ¡Oh! estoy por arrancarme las barbas pelo á pelo de ver que se nos escapó por piés.

Drom. Por los sanctos de Palermo, que por aguijar más ayna y asirle no se nos escabullese, dejé allá mi capa y espada con lo demas.

Reb. ¡Oh, derreñego de la leche que mamé! que otro tanto hice yo y no me aprovechó.

Bel. Ce, aquéllos son sin duda, acometámosles.

Galf. Por Dios, señor, buenos estamos irnos á meter en las manos de los enemigos, estando de ellos fatigados de correr, de ellos sin armas.