Mel. Albricias, señora, tu deseado viene.

Ros. ¿Dícesme verdad?

Mel. Sal y verlo has.

Lis. ¿Es mi señora?

Ros. ¿Quién es? Ay, mi señor, no subas acá si no quieres que me vaya, que de ahí me podrás hablar.

Lis. No huyas, mi bien, si no quieres que me dexe caer destas escalas abaxo.

Ros. ¡Oh, desdichada yo! no subas.

Lis. Perdona mi descortesía. ¡Oh mi señora y mi bien todo! Cuantos dias há que deseaba tu presencia, de la cual, por juzgarme indigno, nunca pensé gozar. Sabido habrás que en tu seguro puerto está surgida la nao de mi deseo; en tí las firmes áncoras de mi esperanza están echadas y anegadas despues de muchos vaivenes de desesperacion. ¡Oh, cuánto te debo, única lumbre de mi vista! que si tú no hobieras seido solícita ronda, diligente escucha, vigilante guarda, despierta centinela de los adarves, baluartes y muros de mi ánima, y no defendieras la entrada á mi muerte, presto feneciera en tus amores.

Ros. Por cierto, mi señor, ésa fué bastante causa, sin otras muchas que hay, que á mí me movió para que no consintiese morir criatura tan bella como tú eres.

Lis. Bien veo, mi señora, que soy indigno y no merecedor de esta suavísima conversacion tuya, destos afables y dulzorados coloquios, desta sonoridad y dulcedumbre de tus palabras; por ende, es más sobrado y incomparablemente aventajado el beneficio y merced que me haces en el más breve momento que aquí vuela, que no todos mis servicios juntos. Tu encumbrada belleza, tus gracias divinas, tus pujantes perfecciones, tus heroicas virtudes me han tenido cautivo y me tendrán mientra los espíritus vitales rigieren mis miembros y dieren vida á mi cuerpo.