Ros. De verdad, señor Lisandro, agora hallo, y por los ojos lo veo, mucho más haber en tí de lo que me decian.

Lis. Todo lo que soy yo es tuyo, y si algo soy, por tí lo soy, que tu hermosura es la que sustenta mi vida, y tu favor de todo el mundo me hace vencedor. ¡Oh descanso mio! téngote en mis brazos y no lo creo, porque más es mi gloria en verte, que mis trabajos para te conocer.

Ros. Ea, señor, por mi vida, que estemos quedos, no seas descortés, apártate allá, no llegues á mí.

Lis. Suplícote, señora, que tu favor dispense en mi osadía, y pues Dios tan francamente en tí distribuyó sus gracias, ¿por qué eres avarienta en las repartir con aquel que la vida estima en poco perder en tu servicio?

Ros. ¡Ay, mi señor! estén quedas tus manos, no me deshonres.

Lis. ¡Ay de mí sin ventura! que más me valiera acabar luégo mis tristes dias que no al fin de la jornada. ¡Oh, cruel señora! que delante tus ojos y en tu acatamiento mi muerte ver quieres, que si con sola la vista hieres, ¿quién se podrá escapar de tus manos? Mas mi poco valor y tu mucho merecimiento debe causar mi desdicha, ya lo veo, señora, y así te suplico perdones mis descorteses palabras y mis desvergonzadas y atrevidas manos; á tus piés me echo para recebir de tí perdon ó que hagas de mí justicia. Toma mi espada.

Ros. Levántate, ángel mio y mi señor; tuya soy, y por tuya me entrego, y en tus manos me pongo, haz de mí lo que quisieres y ordenáres; espera, mi vida, enviaré la doncella. Melisa, corre, véte cabe la cámara, y no nos sientan levantadas.

Mel. Bien te entiendo, que desviada estoy.

Ros. Landre que te mate, que no es lo que piensas. Ay, amor mio, así me tratas.

Lis. Hasta mi gloria un poco la porfía.