Ros. Ten cortesía, mi señor, no descubras aquellas partes que la naturaleza no quiso que sin vergüenza se mostrasen.
Lis. Deja á mis sentidos por entero gozar de tí en mi bienaventuranza, pues todos en mi pasion me tuvieron compañía. Consiente que mis manos palpen y toquen tus delicados miembros, tus lindas carnes, más blandas y amorosas que seda, permite á mis ojos que vean tus piernas más blancas que copos de nieve; pues mi indigna boca gustó de tus melifluos besos, y mis orejas se deleitan en oir tus azucaradas y dulcísimas palabras.
Bel. ¡Oh Dios, y tal bellaquería pasa! y escalaron.
Galf. Detente, señor, no vayas, que son muchos y no ganarás honra en lo que vas á hacer.
Cas. Sí, sí, señor, bien dice Galfurrio.
Drom. Pese á tal, y qué yerro se hiciera agora por no mirar. Rebollo habló bien, que mueran asaeteados, porque no se escapen.
Reb. Así lo digo otra vez, que nos metamos en el huerto donde se hace la fiesta, y ahí escondidos que no nos vean ni sientan, los aguardemos con nuestras ballestas armadas.
Bel. Pues no falte ninguno, y vamos.
Ros. ¡Ay, amenguada de mí y deshonrada! ¡Oh dia de mi perdicion! ¡Oh hora donde perdí nombre y corona de vírgen!
Lis. ¡Oh cuitado de mí! señora, ¿así te amorteces? Torna en tí, mi vida, cata que me moriré.