Ros. ¡Oh mi señor Lisandro, y mi corazon y mi alma! tenme en adelante por tu sierva y captiva, y no te olvides de la que todo lo aventuró en tu servicio y lo da por bien empleado.
Lis. No digas tal, perla preciosa, que es pecado, que el siervo yo soy, y tú la señora. Que como algunos hay, dice el filósofo, naturalmente siervos, á los cuales se les ensaya mejor el servir que no el mandar, así es mi dichosa suerte servirte y tú mandarme, yo obedecer y tú regirme.
Mel. Señora, ¿hate de amanecer ahí? despacio lo tomas, acaba ya, que más hay dias que longanizas.
Lis. Media hora no es pasada, y ¿quiéresme llevar á mi Dios?
Mel. No se siente la sucesion y curso de tiempo con la embriaguez del dulzor.
Ros. Pues nos es forzoso partirnos, contentémonos que mañana á la mesma hora nos veamos aquí en este jardin, que yo baxaré por tus escalas. Y pues sabes, mi señor, que la ausencia es enemiga de amor, y quien léxos de ojos léxos de corazon, no tardes en tu venida. Por agora el ángel custodio te me guarde y te acompañe.
Lis. Y el que te crió tan hermosa quede contigo. Pon esa escala.
Olig. Baxa, señor, que puesta está.
Lis. ¿Qué os parece, mozos, vengo mudada la color, pues desciendo del paraíso?
Olig. Descolorido baxas.