Eub. Porque ni Scévola quemára su mano derecha, ni Bruto matára sus hijos, ni Torcato al suyo, ni Marco Régulo á tan graves tormentos volviera, ni Curio profazára los tesoros de los Samnitas, ni Fabricio las promesas de Pirro, ni el mayor Scipion repudiára las delicias de Celtiberia, ni Alejandro las de la mujer y hija de Dario, ni Solon ni Licurgo establecieran leyes, ni Fabio ni Marcelo ni Mario ni Sila ni el César Augusto, por solo deleite, tan magníficas obras y tan virtuosas hicieran.
Lis. Di tú lo que quisieres, que si no fuese lo que yo digo, nunca Alceo ni Anacreon, insignes poetas y esforzados capitanes, dexáran memoria de sus sabrosos amores. Ni Ovidio ni Catulo ni Propercio ni Tibulo, tan á su sabor escribieran dello, ni el divino Platon, cuyo título, renombre y apellido es príncipe de los filósofos, dios de los filósofos, cuya opinion en filosofía siguieron muchos sabios, como es Ciceron y Sant Agustin, con estilo lascivo pintára la dulzura de este deleite, ni al cabo de su vejez satisficiera á la natura, como contra quien en vivir castamente pensaba gravemente haber pecado, y haberla enojado con su mucha templanza; ni David su santidad, ni Salomon su sabiduría, pospusieran á esta suave gloria. No creo que Julio César, vencedor en Francia, en Alemaña, en las Españas, en Italia, en Thesalia, en Egipto, en Armenia, en el Ponto, en África, en medio de tantas victorias, del amor se dexára vencer si no hallára más felicidad en su deleite que en la fama de sus hechos. Ni el gran capitan Anníbal se rindiera al poder deste suave deleite, cabe Salapia, lugar de Apulia, despues de habidas tantas victorias en Ticino, en Trebia, en Tramiseno y en Cannas, si no sintiera lo mesmo que yo.
Eub. Por cierto, señor, si la bienaventuranza del hombre está puesta en el torpe deleite, tambien es necesario que digas, segun arguye Boecio, que los brutos animales sean bienandantes, pues se deleitan como nosotros, y gozan de los mesmos pasatiempos.
Lis. Calla, mal criado, que por buenas palabras me haces bestia.
Eub. Yo no digo tal, el profeta lo dirá cuando dice que el hombre, como estuviese puesto en la honra y estado, no conoció la merced de Dios, y volvióse un jumento insipiente por semejanza, aunque no por naturaleza. ¿Quién dubda, señor, que si el apetito enseñorea á la razon, el hombre por el mesmo hecho se compara á bestia, y no es más que un bruto?
Lis. Véte, asno, no me filosofees más. Ensíllenme un caballo, iré á oir misa á Nuestra Señora de la Vega.
¶ ARGUMENTO DE LA TERCERA CENA
DEL CUARTO ACTO.
Levántanse Oligides y Brumandilon, y vanse á casa de Celestina, y por el camino, despues de concertar el hurto, blasona mucho de las armas Brumandilon. Despues de llegados, escuchan un chiste que contaba Celestina haberle acaecido con un padre. Entra Brumandilon y pide dineros á Celestina, y ella no se los queriendo dar, pone manos en ella. La vieja, maltratándole de palabra, acúsalo de ingrato. Oligides los pone en paz.
OLIGIDES. — BRUMANDILON. — CELESTINA. — DRIONEA.