Olig. Brumandilon, vístete, irémos á casa de Celestina.
Brum. De la boca me lo quitaste. Anda allá, pediréle seis reales que he menester.
Olig. ¿Cuándo determinas que se haga aquello que concertamos?
Brum. ¿Qué?
Olig. Lo del hurto.
Brum. ¡Oh, ya! esta noche en dexando á Lisandro acostado.
Olig. Sea así, y agora miremos bien por qué parte la podrémos mejor saltear, y por dónde entrarémos más seguros que no nos sientan los vecinos.
Brum. Señor Oligides, ¿oiste una valentía que hicieron dos agora tres años á la boca de la rua?
Olig. Bien sonada fué, y áun se dijo que tú eras uno dellos. Así te lleve el diablo.
Brum. Mirad, por mi vida, aunque más secreto se hizo, vino á noticia de todos. Pero no me espanto, que tales hechos ¿quién osaria acometer si Brumandilon no? Por vida de tal, eso me mueve á irme fuera de aquí, porque no hay herido, no hay muerto, no hay afrontado en la ciudad, que no digan, hasta los niños, Brumandilon le acuchilló, Brumandilon le mató, Brumandilon le afrontó, todos piensan que yo lo hago todo; y puesto que en lo más acierten, pero todavía me pesa que me tengan por revoltoso. Por otro tanto me salí de Córdoba.