Olig. Escucha, que por mí sé que hablan del capellan que te conté.

Cel. ¿Y de eso te espantas, sobrina? pues óyeme otro donaire que me acaeció siendo de tu edad con el confesor de aquella madre de todas nosotras, que buen gozo haya al alma y reposo al cuerpo, que pluguiese á Dios que en algo nos pareciésemos á ella. En mi alma, cada vez que me acuerdo de ella, no puedo tener las lágrimas de ver que despues acá ninguna ha llegado á su zapato. ¡Qué sábia, qué diligente, qué astuta, qué artera, qué solícita era en todo lo que sabía, qué osada para entrar y salir donde quiera, qué lengua tenía para engañar áun á la serpiente maligna que engañó á nuestra madre Eva! Que se le daba á ella mucho que la encorozasen, ó la emplumasen, ó le diesen quinientos azotes; no lo estimaba todo en el baile del rey don Alonso, ántes decia á los que la iban á consolar: mira qué mal me han hecho, si me conocian diez, conoceránme agora ciento. Siempre vamos, hija, descayendo de las costumbres de los pasados, de rocin á ruin.

Drion. Pues ¿no dices, tia, lo que pasaste con aquel padre?

Cel. Ah, ah, que no me acordaba. Vino á mí una tardecica disfrazado con su espada y capa, y su cabellera, á purgar sus pecados y malos humores, y como estuviese en mi contemplacion haciendo penitencia de sus malas obras y elevado, llama á la puerta Sempronio, mi amigo, yo, turbada, no supe qué me hacer más de escondelle debaxo la cama. Entra Sempronio, y no me hubo trastornado sobre la cama, cuando ella se quiebra y se hunde; el otro, que debaxo estaba, viéndose en tanto aprieto, por se descabullir ásesele la negra cabellera á una aldabilla, y queda con su corona descubierta, él por se cubrir apriesa y no ser conocido de Sempronio, arrebata, sin más mirar, de mi vacineja, que tenía al rinconcillo de la cama, llena de meados, y embrócasela sobre la cabeza, y párase cual la mala ventura.

Drion. Y Jesus, madre, ¿qué excusa toviste que buena fuese con que encubrieses á Sempronio lo que hacias con el otro?

Cel. Bonita que eres, sí que me habia á mí de faltar; ce, Drionea, corre, componte y atavíate, pára ese rostro lucio, que está aquí Oligides.

Olig. Así creo yo, Brumandilon, que fue estotro.

Brum. Mirad qué dubda, entremos. Celestina, daca media docena de reales que he menester para un broquel, que este mio ya está hecho piezas y sin aros, en tu servicio.

Cel. A tu amo que te los dé, que yo no los tengo.

Brum. Por las tres furias infernales, si no fuera por no ensuciar mis manos en tan ruin cosa, más bofetadas te diera que pelos tienes.