Eub. Así lo creo yo, que bien me parecia á mí esta segunda Celestina no ser tan sábia como la primera; cierto, otra plática tenía la otra. Mas, dime, ¿quién es aquel mal encarado rufian que tiene esta tercera Celestina á cabo de su vejez?
Olig. ¿Brumandilon dices? tambien te lo diré: éste es un gran fanfarron que ha corrido todas las puterías, cuyo esfuerzo, más consiste en feroces palabras que en el efecto de las armas. A prima faz espantarte há, segun echa fieros renegado por aquella boca. A éste, Elicia, habrá ocho años tomó por guarda de su persona, porque su casa no estuviese sin hombre y le acaeciese el desastre que á su tia vino; y tambien porque cada noche estudiantes le daban grita, y Brumandilon, como perro ladrador, los aventaba y oxeaba. En demas que quiso guardar el consejo que cada dia la madre prudente le daba, y se lo acordó al punto que habia de morir, cuando apremiada de los dos que la mataron, dixo: si aquella que allí está en aquella cama me hubiese á mí creido, jamas quedaria esta casa, de noche, sin varon, ni dormiriamos á lumbre de pajas.
Eub. ¿Quién son dos mujeres galanas, las de los verdugados azules, que estaban anteayer á la puerta pasando nosotros por allí?
Olig. Dos sobrinas suyas, la más chica se llama Livia, la mayor Drionea, las cuales tienen por oficio remediar necesidades ajenas, y socorrer á los necesitados y desatacados envergonzantes, y áun Drionea á las veces me muestra la mercaduría de la trastienda.
Eub. No mientes bellaquerías, que no se sirve Dios de ello.
Olig. Alarga el paso, que nuestro amo por más ayna que vengamos dirá que hemos tardado.
Eub. A las cosas deseadas todo tiempo es prolixo, como á las odiosas breve.
¶ ARGUMENTO DE LA CUARTA CENA
DEL PRIMER ACTO.
Ántes que llamen Eubulo y Oligides en casa de Celestina, se paran á la puerta á escuchar los castigos y reprensiones que da la buena madre á su sobrina Drionea. Eubulo de muy sancto, quédase á la puerta y Oligides entra. Y pasadas muchas cosas donosas con tia y sobrina, declara su embaxada. Pártese luégo con él para hablar á Lisandro, el cual la recibe con grande alegría y le descubre su pasion. Vuelve Celestina á urdir su tela. Entre tanto Oligides va á llamar á Brumandilon el fanfarron, en cuya encomienda estaba Celestina, para que le sea favorable. Queda Eubulo dando sus buenos consejos á Lisandro, poniéndole delante los peligros que de tales casos se suelen seguir, de los cuales y de su auctor el ciego amante se burla.