Olig. Buen despacho trae la madre, parece que toda se querria tornar lenguas para hablar, la alegría que en aquel cuerpecillo de malicias no cabe, rebosa á borbollones por la boca y por los ojos. Alarga el paso, Celestina, mueve esos piés, no te detengas, aguija, ea, date priesa.

Brum. Todas las paradillas que hace son ratos de su vida. Pues, por el cerrojo de santa Gadea de Búrgos, do juran los hijos de algo, en llegando más no viva, si no me da la medalla.

Cel. Sálveos Dios.

Brum. Sálvete el diablo; sús, daca luégo la medalla, no me hinchas de mostaza las narices, no sea el dimonio que te engañe, ten memoria de las veces que te has librado de mis manos.

Cel. Válalo el diablo, mozas, con qué me salió á recibir el charlatan glorioso, ¿medalla ó qué? una higa en tu ojo; no os deshagais de eso por mi amor.

Brum. Suéltame, señor Oligides, suéltame, que no le haré otra cosa más de matalla.

Olig. Ea, no haya más, por mi vida; ea, no haya más, que no te he de soltar, acaba, no seas porfioso, ya sabes que quien sobrado es de furor, falto es de autoridad.

Cel. Déxale venir, que el diablo á mí me lleve si no le quiebro la cabeza con esta piedra. Veréis que te trayo salutacion para el alma; medalla queria, ¿por cuál carga de agua?

Olig. No seas tú tambien demasiada, Celestina, calla, que mejor atavío es en la mujer la templanza en la lengua que las ricas ropas en el cuerpo.

Brum. ¡Ah puta embaidora, alcahueta, hechicera!