Olig. ¿Qué haces, Brumandilon? ¿Ha venido Celestina del negocio? Mas ¿qué es esto que veo? A punto estás, la mano en la empuñadura y la espada medio desenvainada.
Brum. Por los que habitan en la profundidad del Erebo, media hora más no viva la vieja avarienta si no me da la mitad de lo que le dió Lisandro; déxala venir.
Olig. Donde está claro no poder ganar honra, locura es aventurar la persona, si la matas, puede ser que te asa la justicia y te guinde del rollo.
Brum. ¿Qué dices, señor Oligides? No me has conocido, pues sábete que en balde trabaja quien piensa en mi corazon poner miedo ó temor de justicia. No me es más llevar por una calle al alguacil y á su gente que acorralar seis becerras mansas, sino pregúntale como le fué habrá tres noches en la calle de Lobo sobre mi puta Philena, y con todo me vino á pedir perdon.
Olig. Por Dios, que tus hechos en armas se van pareciendo á las hazañas del valiente Diego García de Paredes, el de nuestro tiempo.
Brum. Aquí está Brumandilon, que siendo maestro de esgrima en Milan, le enseñó á jugar de todas armas, de espada sola, de espada y capa, de espada y broquel, de dos espadas, de espada y rodela, de daga y broquel grande, de daga sola con guante aferrador, de puñal contra puñal, de montante, de espada de mano y media, de lanzon, de pica, de partesana, de baston, de floreo y de otros muchos exercicios de armas; y él viendo mi esfuerzo en los golpes, mi osado atrevimiento para acometer seis armados, rebanar brazos, cortar piernas, harpar gestos, hender cabezas y otros miembros, con mi exemplo salió tan diestro y animoso como veis.
Olig. Héla, héla, asoma Celestina, alegre viene.
Cel. ¿Qué girifaltes, qué sacres, qué neblíes, qué esmerejones, qué primas, qué tagarotes, qué baharies, qué alfaneques, qué azores, qué alcotanes, qué gavilanes, qué águilas tan subidas en alto vuelo bastarán á abatir en tierra con sus uñas la páxara escondida en las nubes, como yo, sábia Celestina, con mis palabras cautelosas abatí á mi peticion al muy encerrado propósito de Roselia? Mi fe, cacéla, y si sus pensamientos fasta aquí volaban por el cielo con contemplaciones de Dios, agora rastrearán por el suelo con imaginaciones de la carne. Hi de puta, qué bien lo he hecho, para Sancta María, que me quiero bien en ver que no pierdo punto á mi tia; mas, por mi vida, qué alindados y seguros nortes llevé, que repicando ella de broquel con sus acedas palabras y súbitas alteraciones, volvia yo al tema que tomé en principio de mi sermon. ¡Ay bonita, cómo te engañé! así engañan á los bobos con especie de sanctidad y servicio de Dios, con este color le dixe lo que quise, y bien me estuvo. ¿Quién dubda que no sueñe á Lisandro esta noche? En mi alma no estoy en mí de placer, ay, ay; ah papagayos, ah ruiseñores, ah calandrias, ah canarios, ah sergueritos, ah pardillos, ah verderones, ah gafarrones, ah torzuelos, ah luganos, ah carrancas, ah jamarices, ah todas las aves del canto suave, ¿oisme? ¿por qué todas en uno no os juntais á cantar la mi alegría que llevo en este mi corazon, y cantar con vuestras lenguas arpadas, á quien lo quisiese saber, mi maravillosa astucia, mi astuta cautela, mi cautelosa vivez, mi vivo saber, mi sábia sagacidad, mis artes no sentidas, mis fraudes y dolos encubiertos, mis mañas y sotiles engaños? Sacabuches, chirimías, atambores, trompetas, rabeles, flautas, dulcemeles, guitarras, vihuelas, arpas, laúdes, clarines, duzainas, añafiles, órganos, monacordios, clavecímbanos, clavicordios y salterios y todos los instrumentos de música con vuestra suave, apacible y sonora armonía y canora melodía resoná por el aire mi verdadera mentira, mi virtuoso vicio, mi maliciosa bondad, mi endemoniada sanctidad, mi inquieto reposo, mi turbada mesura que tuve para aquella señora, que no tenía dónde asir para azorarse contra mí, segun le entré por sabroso y encubierto estilo:
¡Ay que me fino,
Ay que fino, de regocijo!