Cel. Que no me está bien ni me pago de ello. Véte con Dios de mi casa, que no te quiero, no me dés más pasion.
Olig. Oíos, no torneis á reñir, que con pequeñas palabras á las veces se enciende y crece la ira en los hombres, así como de la pequeña centella, si no se mira por ella, se suele levantar gran fuego. ¿Esta medalla hase de partir por medio, ó dártela toda?
Brum. Ni uno ni otro; mas de que se venda, y dividamos igualmente, como hermanos, el precio de ella, pues de ninguna cosa es buena la posesion sin compañía.
Cel. ¿Ya no te dí dos doblas? ¿qué me pides más?
Brum. La medalla ó la vida.
Cel. No tengo medalla.
Olig. Señor Brumandilon, hazme este placer, porque otro dia te lo sirva, que no se hable agora más en ello, que las cosas argüidas con voces son mal definidas, y tambien que agora no hay tiempo para esa disputa, porque mi amo queda con la soga á la garganta esperando su salud ó desastrado fin en la respuesta de Celestina; no nos estorbes.
Brum. ¡Oh pese á tal, qué ha de salir con la suya esta vieja esfalsaria! sobre cuernos penitencia, sobre que me ha engañado me niega lo que á vista de todos le dió Lisandro. Por nuestro Señor, no es otra cosa la mujer sino un censo perpétuo que tienen los hombres sobre sí y sobre sus vidas, que ella basta para acortar, disminuir y abreviar estos pocos dias que nos quedan con sus enojos y pesadumbres, hablo de las tales como esta bellaca, saco de vicios.
Cel. Espera, Oligides, daré una vista á mi gente, que luégo salgo.
Olig. No tardes.