Ramp. Aquel canónigo que sanastes de lo suyo, y dice que le duele un compañon.

Loz. Ay, amarga, ¿y por qué no se lo vistes vos si era peligroso?

Ramp. Y ¿qué sé yo? no me entiendo.

Loz. Mirá qué gana teneis de saber y aprender, como no miráriades como hago yo, que estas cosas quieren gracia, y la melecina ha de estar en la lengua, y aunque no sepais nada, habeis de fingir que sabeis y conoceis para que ganeis algo, como hago yo, que en decir que Avicena fué de mi tierra dan crédito á mis melecinas; sólo con agua fria sanará, y si él viera que se le amansaba, cualque cosa os diera, y mirá que yo conozco al canónigo, que él verná á vaciar los barriles, y ya paso su dia, que, por mi vida, si no viene cayendo, que ya no hago credencia, y por eso me entraré aquí y no iré allá, que si es mal de cordon ó cojon, con las habas cochas en vino, puestas encima bien deshechas, se le quitará luégo, por eso andá decíjelo, que allí os espero con mi compadre.

Mario. Señora Lozana, acá, y hablarémos de cómo las alcagüetas son sutiles.

Loz. Señor, por agora me perdonará, que vó de priesa.

German. Ojo á Dios, señora Lozana.

Loz. Andá, que ya no os quiero bien, porque dexastes á la Dorotea, que os hacia andar en gresca, por tomar á vuestra Lombarda, que es más dexativa que menestra de calabaza.

Germ. Pues pese al mundo malo, ¿habian de turar para siempre nuestros amores? por vida del embaxador, mi señor, que no pasaréis de aquí si no entrais.

Loz. No me lo mande vuestra merced que voy á pagar un par de chapines allí, á Batista chapinero.