Germ. Pues entrá, que buen remedio hay, vén acá, llama tú aquel chapinero.

Surro. Señor, sí.

Germ. ¡Oh señora Lozana! ¿qué venida fué ésta? sentaos; vén acá, saca aquí cualque cosa que coma.

Loz. No, por vuestra vida que ya he comido, sino agua fresca.

Germ. Va, que eres necio, sácale la conserva de melon que enviaron ayer las monjas lombardas, y tráele de mi vino.

Loz. Por el alma de mi padre, que ya sé que sois Alixandro, que si fuésedes español, no seríades proveido de melon, sino de buenas razones; señor, con vos estaria toda mi vida, salvo que ya sabeis que aquella señora quiere barbi-ponientes, y no jubileos.

Germ. ¿Qué me decis, señora Lozana? que más caricias me hace que si yo fuese su padre.

Loz. Pues mire vuestra merced que ella me dixo que queria bien á vuestra merced porque parescia á su agüelo, y no le quitaba tajada.

Germ. Pues veis ahí, mirá otra cosa, que cuando como allá, si yo no le meto en boca no come, que para mí no me siento mayor fastidio que vella enojada, y siempre cuando yo voy su fantesca y mis mozos la sirven mal.

Loz. No se maraville vuestra merced, que es fantástiga, y querrá las cosas prestas, y querria que vuestra señoría fuese de su condicion, y por eso ella no tiene sufrimiento.