Loz. Que, ¿tambien teneis hijos?
Nap. Como dos pimpollos de oro; traviesos son, mas no me curo, que para eso son los hombres. El uno es rubio como unas candelas, y el otro crespo; señora, quedaos aquí y dormiréis con las doncellas, y si algo quisiéredes hacer para ganar, aquí á mi casa vienen moros y jodíos, que si os conoscen, todos os ayudarán; y mi marido va vendiendo cada dia dos, tres y cuatro cestillas desto que hacemos, y lo que basta para una persona basta para dos.
Loz. Señora, yo lo dó por rescebido, dad acá si quereis que os ayude á eso que haceis.
Nap. Quitaos primero el paño y mirá si traés ninguna cosa que dar á guardar.
Loz. Señora, no, sino un espejo para mirarme, y agora veo que tengo mi pago, que solia tener diez espejos en mi cámara para mirarme, que de mí misma estaba como Narciso, y agora como Tisbe á la fontana, y si no me miraba cien veces, no me miraba una, y he habido el pago de mi propia merced. ¿Quién son estos que vienen aquí?
Nap. Ansí goce de vos que son mis hijos.
Loz. Bien parecen á su padre; y si son estos los pinos de oro, á sus ojos.
Nap. ¿Qué decis?
Loz. Señora, que parecen hijos de rey nacidos en Badajoz; que veais nietos dellos.
Nap. Ansí veais vos de lo que paristes.