Vecina. Española, ¿por qué no atas aquel puerco? no te cures, será muerto.

Lav. Anda, véte, bésalo en el buz del hierba.

Vec. Bien, yo te aviso.

Lav. Pues mira, si tú me lo miras ó tocas, quizá no será puerco por tí; ¿pensa tú que ho paura del tu esbirro? á tí y á él os lo haré comer crudo.

Vec. Bien, espera.

Lav. Va daquí, borracha, y áun como tú he lavado yo la cara con cuajares.

Loz. ¿Qué tambien teneis cochino?

Lav. Pues iré yo á llevar toda esa ropa á sus dueños y traeré la sucia, y de cada casa, sin lo que me pagan los amos, me vale más lo que me dan los mozos, carne, pan, vino, fruta, aceitunas sevillanas, alcaparras, pedazos de queso, candelas de sebo, sal, presuto, ventresca, vinagre, que yo lo dó á toda esta calle, carbon, ceniza, y más lo que traigo en el cuerpo y lo que puedo garucar, como platos y escudillas, picheles, y cosas que el hombre no haya de comprar.

Loz. Desa manera no hay galera tan proveida como las casas de las lavanderas desta tierra.

Lav. Pues nos maravilleis, que todo es menester; que cuando los mozos se parten de sus amos, bien se lo pagamos, que nos lo ayudan á comer; que este bien hay en esta tierra, que cada mes hay nuevos mozos en casa, y nosotras los avisamos que no han de durar más ellos que los otros, que no sean ruines, que cuando el mundo les faltáre, nosotras somos buenas por dos meses, y tambien los enviamos en casa del tal, que se partió un mozo, mas no sabe el amo que lo tomó que yo se lo encaminé, y por esto ya el mozo me tiene puesto detras de la puerta el frasco lleno, y el resto, y si viene el amo que me lo ve tomar, digo que yo lo dexé allí cuando sobí. Veis, aquí viene aquel mozuelo que os dexó aquí.