Tia. Señor, está revuelta y mal aliñada, mas porque vea vuestra merced como es dotada de hermosura, quiero que pase aquí abaxo su tela, y verála como texe.

Diomedes. Señora mia, pues sea luego.

Tia. ¿Aldonza? ¿Sobrina? veníos acá, y vereis mejor.

Loz. Señora tia, aquí veo muy bien, aunque tengo la vista cordobesa: salvo que tengo premideras.

Tia. Deci sobrina que este gentil hombre quiere que le texais un texillo, que proveerémos de premideras. Veni aquí, hacé una reverencia á este señor.

Diom. ¡Oh qué gentil dama! Mi señora madre, no la dexe ir, y suplícole que le mande que me hable.

Tia. Sobrina, responde á ese señor, que luégo torno.

Diom. Señora, su nombre me diga.

Loz. Señor sea vuestra merced de quien mal lo quiere; yo me llamo Aldonza, á servicio y mandado de vuestra merced.

Diom. ¡Ay! ¡ay! ¡qué herida! que de vuestra parte qualque vuestro servidor me ha dado en el corazon con una saeta dorada de amor.