Loz. No se maraville vuestra merced; que cuando me llamó que viniese abaxo, me parece que vi un mochacho, atado un paño por la frente, y me tiró no sé con qué; en la teta izquierda me tocó.

Diom. Señora, es tal ballestero, que de un mismo golpe nos hirió á los dos. Ecco adunque due anime en uno core. ¡Oh Diana! ¡oh Cupido! socorred el vuestro siervo. Señora, sino remediamos con socorro de médicos sabios, dudo la sanidad, y pues yo voy á Cáliz, suplico á vuestra merced se venga comigo.

Loz. Yo, señor, verné á la fin del mundo; mas dexe subir á mi tia arriba, y pues quiso mi ventura, seré siempre vuestra más que mia.

Tia. ¡Aldonza! ¡Sobrina! ¿qué haceis? ¿dónde estais? ¡Oh pecadora de mí! el hombre dexa el padre y la madre por la mujer, y la mujer olvida por el hombre su nido. ¡Ay sobrina! y si mirára bien en vos, viera que me habíedes de burlar; mas no teneis vos la culpa, sino yo, que teniendo la yesca busqué el eslabon; mira qué pago, que si miro en ello, ella misma me hizo alcagüeta; va, va, que en tal pararás.


MAMOTRETO IV.

Prosigue el autor.

Autor. Juntos á Cáliz, y sabido por Diomédes á qué sabía su señora, si era concho ó veramente asado, comenzó á imponella segun que para luengos tiempos durasen juntos; y viendo sus lindas carnes y lindeza de persona, y notando en ella el agudeza que la patria y parentado le habian prestado, de cada dia le crecia el amor en su corazon, y ansí determinó de no dexalla; y pasando él en Levante con mercancía, que su padre era uno de los primeros mercaderes de Italia, llevó consigo á su muy amada Aldonza, y de todo cuanto tenía la hacia partícipe, y ella muy contenta, viendo en su caro amador Diomédes todos los géneros y partes de gentilhombre, y de hermosura en todos sus miembros, que le parecia á ella que la natura no se habia reservado nada que en su caro amante no hubiese puesto. E por esta causa, miraba de ser ella presta á toda su voluntad; y como él era único entre los otros mercadantes, siempre en su casa habia concurso de personas gentiles y bien criadas, y como veian que á la señora Aldonza no le faltaba nada, que sin maestro tenía ingenio y saber, y notaba las cosas mínimas por saber y entender las grandes y arduas, holgaban de ver su elocuencia y á todos sobrepujaba; de modo que ya no habia otra en aquellas partes que en más fuese tenida, y era dicho entre todos de su lozanía, ansí en la cara como en todos sus miembros, y viendo que esta lozanía era de su natural, quedóles en fábula, que ya no entendian por su nombre Aldonza, salvo la Lozana; y no solamente entre ellos, mas entre las gentes de aquellas tierras decian la Lozana por cosa muy nombrada; y si muncho sabía en estas partes, muncho más supo en aquellas provincias, y procuraba de ver y saber cuanto á su facultad pertenecia. Siendo en Ródas su caro Diomédes, la preguntó: mi señora, no querria se os hiciese de mal venir á Levante; porque yo me tengo de disponer á servir y obedecer á mi padre, el cual manda que vaya en Levante, y andaré toda la Berbería, y principalmente donde tenemos trato, que me será fuerza demorar y no tornar tan presto como yo querria; porque solamente en estas cibdades que ahora oirés tengo de estar años, y no meses, como será en Alexandría, en Damasco, en Damiata, en Barut, en parte de la Siria, en Chipre, en el Cairo y en el Chio, en Constantinópoli, en Corinto, en Tesalia, en Boxia, en Candía, á Venecia y Flándes, y en otras partes que vos, mi señora, veréis, si quereis tenerme compañía.

Loz. ¿Y cuándo quiere vuestra merced que partamos? porque yo no delibro de volver á casa por el mantillo.

Vista por Diomédes la respuesta y voluntad tan sucinta que le dió con palabras ansí pensadas, muncho se alegró, y suplicóla que se esforzase á no dexarlo por otro hombre, que él se esforzaria á no tomar otra por mujer que á ella; y todos dos muy contentos se fueron en Levante y por todas las partidas que él tenía sus tratos, é fué dél muy bien tratada, y de sus servidores y siervas muy bien servida y acatada, pues ¿de sus amigos no era acatada y mirada? Vengamos á que andando por estas tierras que arriba diximos, ella señoreaba y pensaba que jamas le habia de faltar lo que al presente tenía, y mirando su lozanía, no estimaba á nadie en su sér y en su hermosura, y pensó que en tener hijos de su amador Diomédes, habia de ser banco perpétuo para no faltar á su fantasía y triunfo, y que aquello no le faltaria en ningun tiempo; y siendo ya en Candía, Diomédes le dixo: mi señora Aldonza, ya vos veis que mi padre me manda que me vaya en Italia, y cómo mi corazon sea partido en dos partes, la una en vos, que no quise ansí bien á criatura y la otra en vuestros hijos, los cuales envié á mi padre, y el deseo me tira, que á vos amo, y á ellos deseo ver, á mí me fuerza la obediencia suya, y á vos no tengo de faltar; yo determino ir á Marsella, y de allí ir á dar cuenta á mi padre y hacer que sea contento que yo vaya otra vez en España, y allí me entiendo casar con vos; si vos sois contenta, vení conmigo á Marsella, y allí quedaréis hasta que yo torne, y vista la voluntad de mi padre y el amor que tiene á vuestros hijos, haré que sea contento con lo que yo le dixere. Y ansí vernémos en nuestro fin deseado.