Y no es de admirar que este Arte le ayã vsado tantos Principes y Monarcas, pues el mayor Rey de todo el Orbe, Phelipe Quarto el Grande nuestro señor, a cuya obediencia se postran los dilatados terminos del mundo, aprendio este Arte; y quãdo le obra, es con la mayor eminencia, gala y sazon que puede percebir la imaginacion mas atenta. Pero no es solo esto lo q̃ admira de su raro entendimiento, brio y destreza: porq̃ en el manejo de las armas, caça de escopeta y montèria, hazer mal a vn cauallo, pintar y hazer versos, tocar vn instrumento, excede con muchas ventajas a quantos por estas auilidadés han merecido famosos nombres. Pero causa tanto luzimiento el Dançado en qualquiera persona, que diferẽcia a las demas assi en la compostura del cuerpo, como en sus mouimientos, niuelando de suerte sus àcciones, que no le permite alguna que desdiga de la proporcion conueniente: si ya su naturaleza, en la distribucion de sus partes personales, no anduuo tan esteril, q̃ no le concedio instrumentos capazes en que hiziera impression. Ya assi merece este entretenimiento, entre los demas lugar superior; porque los otros participan dèl el hallar el cuerpo dispuesto para obrarlos con mayor acierto. Y assi es digno de que los grandes Monarcas y personas particulares, que tienen comodidad para ello, lo exerçan, tanto por lo gustoso y entretenido, como por lo magestuoso y galánte: efectos que naturalmente proceden de la Dança, y certifican su nobleza con lo que ellos de si proprio manifiestan.

Y porque mi intẽto es reprobar (como repruebo) en este Tratado todo mouimiẽto to ilicito dançando, o baylando; digo, que toda deshonestidad y descomposturas lasciuas del cuerpo, desluze y desdora la persona que las obra; por lo qual los grandes señores Dançan tan compuesto y graue. Y pues que en todo desseamos imitarlos, como se ve por las galas y otros vsos, pues siempre apetecemos los superiores, razon es imitarlos en esto, siguiendo el asseo y buen modo de Dançar destos Principes. Y por autorizar tanto este Arte el P. Augustin de Roa dela Compañia de IESVS en el libro que escriuio del estado de los Bienauenturados, en el cap. 13. demuestra parecerle, que en el Cielo se Dança, apoyandolo con dichos de Santos. Y el gran Doctor de la Iglesia San Geronimo en el cap. 30. del Eclesiastès dize; Llorar debemos porque despues podamos dançar aquellas danças q̃ dançò Dauid ante el Arca del testamento. Y San Augustin en el lib. 22. de Luv. cap. 30. dize, que todos los miẽbros del cuerpo seruiràn a las alabanças de Dios.

Nuestra Madre la Iglesia en el Hymno del Oficio de las Virgines, dize de N. Redemptor Iesu Christo, que está rodeado de Choros y Danças de ellas, que siguiendo sus passos ligeras, dançauan y cantauan Canciones. Y assi las vio San Iuan en su Apocalypsi, seguir al Cordero dançando y cantando vna nueua Cancion. Dize tambien la Iglesia, de los Santos niños Inocentes, que ante el Ara de su martyrio se entretienen haziendo mudanças cõ las Coronas y Palmas. Y pues este exercicio tiene tantos meritos, no serà bien que lo reduzgamos a lasciuo y deshonesto, siẽdo èl en si virtud. Y porque es razon que las alabanças y grãdezas del Dançado, no solo se escriban en prosa, sino en verso tambien, pongo en este Tratado algunos lugares de los citados, y historias de el estudio de quien las professa, en los versos siguientes.

DE EL AVTOR DE LA OBRA.
Madrigales.

El Principe, el Señor, el biẽnacido,

el galan y entendido,

el resuelto y valiente,

en la Dança hallarà adorno luziente;

pues a qualquier persona

graue autoriza, ayroso perficiona.