Pachacámac, llamado «el Invisible», aparece en primer término como el portador de la Cruz, no obstante el desengaño que sufrieron los piadosos misioneros con las noticias que Miguel Estete en sus Relaciones del Descubrimiento del Perú ofreció del dios y de su templo, después de haberles visitado con don Hernando de Pizarro[41].

Y es que Pachacámac era «el vivificador del mundo»; y aunque espíritu sútil é impalpable, no por eso dejaba de ser representado con singulares formas antropomorfas.

Pachacámac fué la divinidad del occidente de los Andes, al cual chimos y yungas levantaron su templo en el valle de Lerin. Oriundo del mediodía, lucha con Con, el fetiche acuático, el cual fué por aquél rechazado al norte, llevándose la lluvia, lo que hace creer que Pachacámac sea la forma politeista del viento que produce la seca, ó el elemento fuego, adversario del agua, ese ignis animal de que hablaba el clásico latino, padre de los gigantes ó de las poblaciones antiguas, que sin duda tendría mucho qué hacer con las grandes convulsiones geológicas del Perú[42].

Lo propio que con Pachacámac, ó el elemento fuego, ha sucedido con Huiracocha, el mito acuático aymará, viendo los cronistas en Atticci Viracocha, el Hacedor, al portador de la Cruz y predicador del Evangelio.

Es este el famoso bulto de piedra de Cacha, de que recordaba don Pedro de Cieza, conforme al talle de un hombre, con vestiduras largas y cuentas en las manos; aunque en la segunda parte de su obra niega lo de las cuentas, «lo cual es burla», según él mismo, lo propio que aquello de que tenía puestas las manos sobre los cuadriles.

Este Atticci Viracocha, á estar á lo que de él refiere Cieza, de que «de los cerros hazía llanuras y de las llanuras hazía cerros grandes, haziendo fuentes en piedras vivas», podría ser considerado como el mito de las fuerzas terraqueas, si no supiéramos que es la gran divinidad politeista del agua, ó el genio de las masas líquidas, del lago, del mar, de las lluvias del cielo. Con Huiracocha, en el momento de la conquista, el pueblo incaico caminaba hacia el monoteismo, por la supremacia de ese Illatici-Viracocha-Pachacámac[43], trinidad sintética, en la cual confundíase el mito de Catequil de la cosmogonía nacional de las viejas razas, así como el Pachacámac yungueño, que unidos al mito de Tiahuanaco constituían una unidad vivificante y creadora formada por el huracán, el fuego y el agua. El nombre de Viracocha llegó á ser adoptado por uno de los Incas, y en la enseñanza esotérica del sacerdocio peruano apareció como el «Dios Desconocido», de tal modo que el Titicaca, origen de los aymarás, llegó á ser la cuna mística de los jefes del culto heliolátrico[44].

Los padres agustinos á que nos hemos referido, hablan de otra divinidad peruana llamada Tunapa, esto es, gran Sabio y Señor, y por veneración Taapac[45], ó hijo del Creador. Este aparecido discurrió por las provincias del Collao, las cercanías del Cuzco y otros puntos distantes. Era un hombre venerable en la presencia, grande en la estatura, zarco, barbado, destocado y vestido de cuxma, sobrio, enemigo de la chicha y la poligamia. Su residencia favorita fué Carabuco, en donde se dice que plantó la Cruz que llevaba. Fray Diego Ortiz escribe que en la isla del Titicaca se encontraron impresos sus pies.

Para que se vea quien era Tonapa, el supuesto aparecido, basta leer lo que sobre este personaje mítico ha escrito el Yamqui Pachacuti, el que reproduce sus himnos[46].

Tonapa es un dios fálico-solar. De los himnos cantados por Guascaryngatopacuçiguallpa, arrepentido de haber adorado á los Huacas, despréndese que Tonapa es un siervo de Huiracocha[47].