Más claramente representativa aún que la Cruz de Quetzalcóatl, es la del aparecido Wixepecocha, el que de la mar vino por el sudeste; el anciano que predicó á los zapotecas de Huatulco doctrinas que no fueron comprendidas en el primer momento; el famoso perseguido, que vaga de una parte á la otra, y que subiéndose á la más alta cumbre del monte Cempoaltepec, asciende á la atmósfera y se desvanece, sin dejar otro rastro visible en la tierra que las plantas de su pie impresas en las rocas. Este aparecido que huye en todas direcciones y que acaba por desvanecerse en el espacio, se parece á la nube y al viento. Antes de partir al monte cuya cima le sirvió de refugio, plantó una Cruz, recomendando su adoración á los habitantes de la tierra: la veneración al símbolo de la lluvia queda así comprobada[185].

El terrible Huitzilopochtli nahua[186] era un dios de la atmósfera y del cielo entre los aztecas, como Quetzalcóatl entre los toltecas y Camaxtli entre los chichimecas. Su madre Coatlicue, la muger de las serpientes, que habita la montaña de las Serpientes, es la nube del huracán despidiendo rayos. Encima de la pirámide truncada que era consagrada á Huitzilopochtli en Tenochtitlan, se levantaba el templo que guardaba su estatua. Esta tenía enormes proporciones, y representaba al dios en su trono, soportando un globo azul, del cual salían cuatro bastones en forma de serpientes. El globo era emblema de la bóveda celeste, dominio de Huitzilopochtli; las serpientes simbolizaban relámpagos; los bastones servían á los sacerdotes para portar su imagen en las procesiones. La cabeza del dios lucía como una cimera un colibrí de plumas brillantes, cuyo pico y cresta eran de oro; su rostro, con el ceño de su crueldad, era atravesado por dos bandas azules horizontales, generalmente cubierto por una máscara de aquel metal. En su mano derecha llevaba, para servirle de báculo, un bastón en forma de serpiente, sobre el que se apoyaba; en su brazo izquierdo portaba un escudo ornado de cinco ramilletes de plumas blancas en forma de Cruz. La mano correspondiente á este brazo tenía las cuatro flechas de oro caidas del cielo, y de las que dependía el destino del pueblo azteca. El blasón cruciforme de este dios de la atmósfera, simbolizaba las nubes que traían la lluvia[187]. En la nota anterior se reproduce su insignia cruciforme.

Sin lugar á duda alguna, sabemos que el emblema de la lluvia en la América Central, especialmente entre nahuas y mayas, era la Cruz. Las Casas[188], obispo de Chiapa, recuerda su veneración en estos pueblos, y refiere que en el principal de los manantiales ó vertientes de agua los nativos erigían cuatro altares, en la forma de una Cruz. La Cruz, que los misioneros no supieron si admirar ó atribuir á Satanás, fué el objeto central en el gran templo de Cozumel, perseverando en los bajorelieves del antiquísimo pueblo de Palenque. Fr. Alonso Ramos[189] cuenta la gran veneración á la cruz de parte de los yucatecos. «Apenas, escribe, los españoles se acercaron al Continente de América, en 1518 desembarcando en Cozumel, junto á Yucatán, hallaron muchas cruces, dentro y fuera de los templos y en su patio almenado puesta una cruz grande, en cuyo contorno hacían procesión los indios pidiendo á Dios lluvias, y á todas las veneraban con gran devoción», lo que prueba que era el símbolo de un gran dios atmosférico.

Desde tiempo inmemorial la Cruz aparece siendo objeto de plegarias y de sacrificios de parte de nahuas y mayas, la que se suspendía como un emblema augusto en los templos de Popayán y Cundinamarca, significando «Arbol de Nuestra Vida» en lengua mejicana. Los de Yucatán imploraban á la Cruz cuando demandaban agua en tiempo de seca. La diosa azteca de las lluvias llevaba una Cruz en su mano, y en una fiesta primaveral en su honor víctimas humanas eran sacrificadas en cruces, atravesados sus cuerpos de flechas[190]. Quién sabe si esto mismo significasen los sacrificios humanos en cruces, ó los niños crucificados que se hallaron en casi todos los templos del Perú, y especialmente en los de Pasao, de los que recuerdan el P. de la Calancha, Zárate, Miguel Estete y especialmente Cieza de León, quien compara estos crucificados con los que vió en Cali[191].

El dios del templo de la isla de Cozumel, venerado especialmente por los mayas, se llamaba Ahulneb, divinidad de la lluvia y de los vientos, representado bajo la forma de un gigante monstruoso que llevaba una flecha en la mano. Su emblema era la Cruz, á la que imploraban, para que hiciera llover, los peregrinos venidos de los países secos, en donde el agua se guardaba en preciosas represas[192].

Los cuatro Bacabs de la naturaleza; las cuatro corrientes invisibles del aire; los cuatro seres míticos; las «cuatro vasijas de arriba», que en Yucatán se suponían columnas del cielo que lo sostenían en las cuatro partes del mundo, como grandes cariátides, estaban distribuidos en Cruz[193]. Estos cuatro Bacabs, Kan, Muluc, Ix y Cauac, correspondientes á los puntos cardinales N. S. E. y Oeste, eran dioses de la lluvia, y arreglaban el calendario maya. Su representación por cuatro vasijas de arriba, es sin duda una alusión á los vasos del Trueno, de los que nos ocuparemos. Los cuatro Bacabs, ó los cuatro viejos, escaparon en tiempo en que todos los seres se ahogaron en el diluvio americano.

Cuando los musycas querían sacrificar en honor de las diosas de las aguas, estendían largas cuerdas sobre la tranquila linfa del lago, de tal manera que formaban una Cruz gigantesca, en cuyo punto de intersección ofrendaban oro y esmeraldas al sagrado símbolo, como lo atestiguan Simón y Acosta[194]. Según Rialle[195], no obstante el culto preponderante de Botchica, la diosa Batchué conservó toda la veneración de los muyscas de Cundinamarca, quienes le rendían homenage tendiendo en cruz dos grandes cuerdas sobre la superficie del lago, venerándose su intersección en la forma que dejamos apuntada. Era la diosa de las aguas, y tenía supremacia sobre las plantas, hijas de la tierra. En el capítulo respectivo comprobaremos la existencia de cochas con cruces en Calchaquí.

Del valor mitológico de la Cruz como símbolo en el Perú, nos hemos ocupado anteriormente.

Aunque los cronistas guarden silencio sobre las relaciones entre el Catequil y la Cruz, porque fué asunto en que no cayeron en cuenta, nosotros no dudamos que esta ha debido ser su símbolo, dado el carácter atmosférico de la pre-incaica divinidad.

El Dios del Aire que nos ofrece E. G. Squier[196], y que reproducimos en la [Fig. 28], no aparece con la Cruz; pero en cambio es portador en su izquierda de un largo Tau, igual al de las figurillas de la procesión de Wiener, de que antes dimos cuenta,—símbolo que, en todos los pueblos equivale á aquel otro, como ya lo establecimos. Este dios del Aire, de nombre ignorado, que bien puede ser ese Catequil, también celebrado escepcionalmente por los Incas en su gran festival de las mieses en verano, porta á su diestra un pájaro de pico abierto, largo cuello, cola profusamente pintada: el pájaro de la tormenta, símbolo de la nube, quizá el ave luminosa Piguerao, que nos hace recordar al instante el papagayo de Quetzalcóatl, Cuculcán, Gucumatz, y particularmente el colibrí ó pájaro-mosca de Huitzilopochtli. También nos trae á la memoria el ojo blanco de Tláloc, con su línea horizontal negra, ese ojo cuadrado, con su línea central, en la peruana divinidad. El cuerpo circular del pájaro de Squier, rememora el «espejo resplandeciente» de Tezcatlipoca, y especialmente la bola emplumada que flotando en el aire fecundo el seno de Caticlue, la muger de las serpientes.