Este mito, en resumen, es interpretado por Brinton[174] de la manera siguiente: el hijo del cielo, personificación del cielo mismo, se une á una divinidad de las nubes negras de la tempestad, es decir, á la nube misma; los nubarrones del huracán, los tenebrosos Guachemines, son heridos por su rayo; Catequil, acompañado del relámpago, dispersa estas nubes, y después, por medio del fuego, fecunda y dá vida á la tierra, á la que hace fértil, suministrando el alimento á los hombres.
Pillán, el Trueno, es la divinidad suprema de los araucanos, el que vive en las eminencias de la cordillera fraguando la tormenta. Sus hachas son los rayos, que cortan de un golpe los viejos robles. Esto aparece resultar de la leyenda del Viejo Latrapai, referida por un distinguido americanista chileno[175], según la cual Latrapai resolvió un día dar sus hijas en matrimonio á sus sobrinos Cónquel y Pediu, pero siempre que derribasen un bosque de robles, volteando cada árbol de un solo golpe, lo que consiguieron cuando bajaron las armas del Pillán, que ellos pidieron «llamando hachas» cuatro veces, en estos términos:—¡«Bájate, hacha del Pillán! Bájate hacha del Pillán! Favorécenos, soberano de los hombres; bota dos hachas que corten un árbol con cada golpe!»—Dicho lo cual, bajaron hachas por las copas de los árboles; y con ellas, cortando cada árbol de un golpe, satisficieron al viejo Latrapai, casando con sus hijas. Y es de advertir, á propósito de hachas, que las de piedra, obra del hombre primitivo, son tenidas como hachas del rayo por los pueblos indígenas que las desentierran; y es por eso que en Calchaquí, por ejemplo, se conjura á la tormenta de piedra ó al granizo presentándole durante un rato los filos sagrados de aquellas[176].
En nuestro Calchaquí tenemos también un mito del viento y de la tormenta, que desempeña un importantísimo papel en la cosmogonía de este pueblo. La divinidad atmosférica calchaquí aparece aniquilando á las fuerzas de la naturaleza que vencieron al sol y á la luna, estableciendo desde entonces su imperio absoluto, lo que demuestra la supremacia en estas regiones de un culto acuático sobre la heliolatría. Tal divinidad atmosférica suprema, de cara humana, mitad antropomorfa y mitad ofídica, con cuerpo de dragón y cola de serpiente, es la chasca Huayrapuca, la «Madre del Viento», ó el Viento mismo, del género epiceno, varón y hembra á la vez, que anda corriendo por los aires, llevando al huracán, á la tormenta y á la lluvia, y que á nosotros nos cupo en suerte desenterrar del panteón calchaquí[177].
Esta breve reseña de las divinidades atmosféricas continentales nos ha sido necesaria, para dejar así establecido que, no sólo no nos extraña la existencia de la Cruz venerada entre los Pieles Rojas y demás pueblos del norte, y entre los toltecas, los aztecas, los nahuas, los quichés, los muyscas, los aymarás, los quichuas, los araucanos y los calchaquíes, sinó que la existencia del sagrado símbolo debió precisamente ser un hecho entre ellos, desde el momento en que los cuatro palos de la cruz, como más adelante lo veremos, no son otra cosa que la gráfica, sencilla y natural representación de los cuatro puntos cardinales de donde soplan los cuatro vientos, de los cuatro vientos mismos, de los cuatro antepasados, las fuerzas creadoras de la naturaleza, ó de los cuatro genios de las cosmogonías primitivas; porque, como observa Brasseur[178] respecto á este último punto, los navajos de Méjico nacieron de cuatro espíritus; los mayas de cuatro genios antepasados; y en todas las historias aztecas y toltecas aparecen cuatro caracteres, ya sean como sacerdotes ó enviados de los dioses ó magestad oculta ó disfrazada, ya como guías y caudillos de tribus durante sus migraciones, ya como reyes y mandantes de monarquias después de su fundación; y aún en los tiempos de la conquista siempre encontramos cuatro príncipes que forman el supremo gobierno, ya sea en Guatemala ó ya en Méjico. Nosotros añadiremos en el Perú á los cuatro de la cueva de Pacaritambo, que tiraban piedras á los cuatro rumbos, y que volaban al cielo cuando morían[179], repitiéndose este ejemplo de los cuaternos en otros pueblos.
Donde hay, pues, dioses de la atmósfera, del huracán, de la tormenta, del trueno y del rayo, seguramente existirá el símbolo complementario de la Cruz, tenido como emblema de alta veneración; lo contrario, la escepción, sería lo que cabalmente llamaría la atención en cuanto el caso se presentase; pero esto en realidad no acontece, como lo veremos por los ejemplos que pasamos á apuntar.
Tláloc, la gran divinidad azteca, de cuerpo y rostro gris, vestido de una túnica de azul con bandas de plata en cuadro, luciendo flores de perlas de colores, diadema de plumas blancas y verdes, de la que caían á sus espaldas plumas rojas y verdes también, oro y pedrerías, y portando la aurea serpiente en su diestra en representación del rayo, con su solo ojo, todo blanco, atravesado por una línea horizontal negra, bajo la cual veíase el semicírculo del mismo color;—Tláloc, el dios de la boca tridentada, cuya estatura era rodeada por un gran anillo doble azul, tenía por insignia la Cruz, ó los cuatro vientos que soplan de los cuatro puntos trayendo la lluvia, sobre los que ejercía su imperio, repitiéndose el número cuatro en todo lo que con él se relacionaba[180].
Amimitl, como Opochtli, el señor de los pescadores, inventor de redes y harpones, era uno de tantos Tlálocs, venerado en el lago Chalco. Como á Tláloc máximo, representábasele bajo la forma de un hombre de tinte gris, coronado de papeles de diversos colores y de plumas verdes, vistiendo un traje de igual color, semejante al hábito de los sacerdotes católicos. Esta divinidad acuática estaba armada de un cetro singular y de un escudo rojo, adornado al centro con una flor blanca, y cuatro hojas en Cruz[181].
La diosa de seno de esmeraldas, la divinidad de las ondas, la reina de los magos, la dama de la saya verde, la hermana de Tláloc, según Sahagún, ó compañera de este dios, al decir de Torquemada; la diosa de la frente azul, que portaba una corona orlada de plumas verdes y que lucía un collar de esmeraldas y pendientes de turquesas, vestida de celeste claro, como el agua de los lagos; la que tenía el poder de agitar las tempestades, de levantar los torbellinos, de inundar las tierras, Chalchihuitlicue, la Matlacue de los tlascaltecas, lucía un escudo al brazo izquierdo, cuyo blasón era una flor blanca de lis de agua, portando en su diestra un objeto en forma de Cruz[182].
El dios tolteca hijo de Mixcóatl, es decir, de otro dios de la atmósfera y de las nubes, que lleva ciertos sobrenombres significativos, dignos sobre todo de una divinidad del huracán, como que es el «papagayo-serpiente» ó la «serpiente emplumada»; el hombre blanco, de mirada roja resplandeciente, robusto, de larga frente, de cabellera y barba negras, con su insignia en una mano; el predicador de la montaña de Tzotzitepec, ó «monte del clamor»,—Quetzalcóatl, de quien ya nos ocupamos, viste un largo traje blanco sembrado de cruces, como una comprobación final del carácter meteorológico de tan curioso mito[183].
El carácter atmosférico de Quetzalcóatl, queda comprobado otra vez más, cuando figura con el epíteto de Nanihehecatl ó «señor de los cuatro vientos», el cual tenía por símbolo la Cruz, como signo sagrado de su poder sobre el aire. No debemos olvidar que en el curso de su viaje hacia Tlapallán, dejó como señal de su tránsito un árbol atravesado horizontalmente por una flecha, formando así una Cruz[184].