Quetzalcóatl[163], el «papagayo-serpiente», la nube serpiente emplumada, aparece como una divinidad atmosférica máxima, la que, bajo el nombre de Nanihehecatl, es «el señor de los vientos», y bajo el de Tohil[164], «el que ruge.»

En Wixepecocha, con atributos comunes á la gran divinidad de los toltecas, encárnase el dios del Aire de los zapotecas, á los cuales se apareció como un famoso predicador.

El gran Itzamna[165] yucateco figura como el dios nacional de la raza maya. Su carácter atmosférico resulta de sus propias palabras, respondiendo á quienes le interrogan sobre su origen (Itzencaan, Itzenmuyal, rocío del cielo, rocío de las nubes). Itzamna se dá por hijo del cielo. Él se aparece como un sabio hechicero: cura enfermos, resucita muertos, reparte la tierra entre sus fieles, funda pueblos é inventa la escritura. Sus adoradores venéranle en Izamal. Los naturales de la América Central consideran á Itzamna como un solo dios con Cuculcán, el aparecido del oeste, que llegó con diez y nueve compañeros, todos barbados y vestidos de largas túnicas, y que vive en Chichen Itza. Su nombre, como el de Quetzalcóatl, compónese de las voces mayas: cuc, «papagayo», y can, «serpiente»[166].

Los quichés de Guatemala tenían su Gucumatz[167], «el papagayo-serpiente»,—de guc, «pájaro verde» y matz, «serpiente». Es un cuaternión ó cuaterno, que se transforma en un período dado de días en serpiente, en águila, en tigre y en sangre coagulada. Aparece como un dios dominador y engendrador según la biblia quiche ó Popol Vuh[168]. Gucumatz hace surgir la tierra de en medio de las aguas, invocando á ese Hurakán, el «corazón del cielo», según este libro sagrado.

Los nahuas veneraban á otra divinidad de la atmósfera y de la tempestad, al cruel Huizlopochtli[169], dios de la guerra, que M. Tylor creyó identificar con Mextli, guerrero de cuyo nombre quiere derivar el de Méjico. Huitzilin, significa «colibrí», y es sin duda este irisado pájaro-mosca el emblema de la naciente primavera. Aquél al salir del vientre de su madre Coatlicue y cuando sus hijos, los Centzunhuitnahuas, y su hija Coyolxauhqui, intentan matarla á causa de su preñez, tírales con una serpiente de fuego, á cuyos golpes caen exánimes, por lo que desde entonces viénele bien el nombre que lleva de Tetzauhtostl, «el dios terrible». Coaticlue, la mujer de las serpientes, que habita la montaña de las Serpientes, es la nube tempestuosa preñada de rayos; una bola de blancas plumas, flotante en el aire, que fecundo su seno, es la nubecilla blanca que al entrar en el seno de la gran nube, parece iniciar la tempestad; los hijos que quisieron matarla, son las nubes que suben al zenit, impulsadas por el viento precursor del huracán, y que parecen oponiéndose y encontrando á la nube principal; una voz que á la madre habló de defensa desde su seno, es el trueno. Bernal Díaz cuenta de un page de Huitzilipochtli, dios de las alarmas, mensagero «rápido», llamado Paynalton, y que parécenos que debe ser el viento que sopla.

Entre los muyscas de Cundinamarca, P. Simón[170] hace referencias á un Chiminigagua, gran receptáculo de la luz en medio de las tinieblas. La luz comienza á emanar de él, y su aparición dá nacimiento á los primeros seres, unos grandes pájaros negros que se desparramaron por el espacio, lanzando por sus picos una sustancia brillante, trasparente é impalpable, que fué el Aire.

El gran dios de la atmósfera y del iris en Cundinamarca, es Chuchavira. Simón[171] relata lo universal de su culto de parte de su pueblo, especialmente de las mujeres en cinta; siendo fecundador, entonces, este dios del aire. Era representado por figurillas de oro, y se le consagraban esmeraldas.

J. G. Müller[172] vé en el terrible Thomagata otro dios solar como Botchica; pero este Thomagata aparece como un meteoro divinizado, como un espíritu de fuego cruzando el espacio, lo que demuestra que se trata de un dios del huracán, de la tormenta con rayos, y del trueno. En efecto: Thomagata anda siempre recorriendo el espacio, bajo el aspecto de un ser de fuego, que tiraniza á los hombres, y que exige, para aplacarse, grandes sacrificios humanos; y debía ser muy terrible para que se le figurase, como refiere Piedrahita[173], con cola de felino. Botchica extermina á este dios, lo que indica la sustitución entre los muyscas de una divinidad por otra.

El dios atmosférico anterior á la heliolatría peruana, es Catequil, quien tiene un hermano, Piguerao, el piscu-uira ó el «pájaro brillante» según la interpretación inadmisible de Brinton, quien traduce al quichua una palabra que no lo es; siendo el ave luminosa, por lo demás, alusión á la nube preñada de rayos, viéndose en ello que en el Perú la nube era representada como un ser ornitomorfo. Catequil tenía por arma el rayo, y los meteoritos eran las piedras que él lanzaba sobre la tierra. Este dios del rayo aparece como una divinidad fecundadora, alusión á la lluvia que riega la tierra, y por ello, sin duda, los Incas admitían su culto en las fiestas de verano, no obstante ser grato á los sacrificios sangrientos, que proscribieron los héroes heliolátricos.

Ataguju ó Atachuchu creó un ser humano, Guaman-suri, que descendió á la tierra y sedujo á una joven, hija y hermana de los Guachemines, los tenebrosos habitantes del globo. Estos mataron al amante de su hermana, la que sobrevivióle poco tiempo, no sin poner dos huevos en el mundo, de los cuales nacieron Catequil y Piguerao. Catequil, volviendo á la vida á su madre, y matando á los Guachemines, valiéndose de una piel de oro de Atachuchu, hace nacer de la tierra á los hombres.