Todo ello explica por qué en las ceremonias sacerdotales era comunmente repetido el número cuatro.

Los hechiceros Chipeway, iniciando á sus neófitos en los misterios de la religión, interrogábanles por un lugar de los cuatro polos, de las cuatro grandes piedras que dejaban ante su fuego, recordando cuatro días, refiriendo cuatro fiestas, y repitiendo durante la escena religiosa este número ó sus múltiplos.

Un ejemplo precioso de lo venerado que era el número cuatro ofrécenos D. Antonio de Solís, describiendo en la ciudad de Méjico la plaza del templo de Vitzcilipuztli ó dios de la guerra. «Tenía la plaza, dice[209], cuatro puertas correspondientes en sus cuatro lienzos, que miraban á los cuatro vientos. En lo alto de los portales había cuatro estátuas ...» El ídolo, agrega, portaba cuatro varas con cabezas de sierpes y cuatro saetas.

Tenochtitlan[210], Cholula, Tezcuco y Quito estaban divididos en Cruz, por calles que se cortaban de norte á sur y de este á oeste, de manera que formaban cuatro cuarteles, mandados por cuatro jefes. La mayor parte de los palacios tomaban la forma arquitectónica de la Cruz. Las tumbas en más de un pueblo eran igualmente construidas en Cruz, y abríanse á lo largo de ellos avenidas correspondientes exactamente á los paralelos y meridianos.

Los aztecas al tomar posesión de las tierras, tiraban flechas á los cuatro puntos cardinales. Celebraban cuatro fiestas al año, y cuatro veces la fiesta principal; con cuatro plegarias solemnizaban sus ritos, ofreciendo incienso al cielo en los cuatro puntos cardinales; la humana víctima del sacrificio era conducida cuatro veces al derredor del templo, y arrancándole el corazón, bebían su sangre en cuatro vasos, brindando á las cuatro partes del horizonte[211].

Los nahuas vivían sugestionados por la operación del número cuatro: un pájaro era cogido por cuatro días; un fuego ardía y una flecha era tirada á los cuatro cardinales cuando el bautismo de un niño; ofrecían sus plegarias cuatro veces al día; sus grandes fiestas tenían lugar cada cuatro años; las ofrendas de sangre se hacían á los cuatro puntos del espacio; la jornada de las almas era de cuatro días y el luto duraba cuatro meses ó cuatro años.

Las divinidades mejicanas de la atmósfera son grandes cuaternos, como Quetzalcóatl con el epíteto de Nanihehecatl, porque son «señores de los cuatro vientos», que preponderan hasta el día en que vencen los dioses heliolátricos, resultado de una revolución étnico-religiosa de los aztecas contra los toltecas, unos y otros simbolizados en Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, el «espejo resplandeciente», vencedor éste de aquél, por lo que es figurado por un pájaro blanco atravesado por una flecha saliendo de la cresta incendiada del monte Zapatec, emblema de la nube asaeteada por el rayo vencedor del Sol[212].

Los caribes, quichés y muyscas tienen también gran veneración por el número cuatro, el que se encuentra repetido en sus tradiciones mitológicas y etnológicas. En los calendarios nahua, apoteca y maya, el mes tiene cuatro semanas; su indixión se divide en cuatro períodos; el mundo pasa por cuatro grandes ciclos, lo que se repite periódicamente por la división del año solar en cuatro estaciones, que se producen por la lucha de cuatro gigantes aereos que dominan los vientos. En el Popol Vuh, envuelto en la obscuridad teológica, el cuaterno Gucumatz, después de creados los animales y de maldecidos por no tener lenguaje para dar las gracias á los dioses á quienes deben la vida, forma con maíz blanco y amarillo á los cuatro pobladores del mundo, los tigres del alba, de la noche, de la luna y el «distinguido», ó sean: Balam-Quitze, Balam-Agab, Igi-Balam y Mahuentah. Es de advertir que el felino es una representación heliolátrica, y numerosas cabezas de tigre ó león han de verse reproducidas en los dioses-soles.

Notable ejemplo de cuaterno entre los quichés son los cuatro pájaros, ó los cuatro vientos, sobre los que se cuentan muchas leyendas, los que llevan nombres significativos; estos cuatro pájaros, cuatro espíritus, son: Xecotcovach, Camulatz, Cotzbalam y Tecumbán[213].

En el Perú hemos creido observar que el número sagrado de la civilización del culto á Viracocha[214] ó aymará del Titicaca es el número tres; del que vimos anteriormente su repetición monótonamente intencionada en los dioses de Tiahuanaco y representaciones monolíticas del Aticci de las aguas. La civilización heliolátrica, al revés, tenía una predilección manifiesta por el número cuatro, y era esta la cantidad regulatriz en el imperio de los Incas. El Cuzco, como sucede en los pueblos de Cholula á Quito, estaba dividido en cuatro partes, en cuatro cuarteles, mandados por cuatro jefes. El mundo incaico constaba de cuatro partes, y sus tierras se encontraban repartidas entre cuatro predilectos. En la primera gran división, el norte tocó á Manco Cápac, el sud á Colla, el este á Tokay y el oeste á Pinahua. Ya hablamos de cuatro genios del viento, ó de los cuatro de la cueva de Pacaritambo. La sociedad peruana dividíase en cuatro castas: incas, curacas, nobles y plebeyos. En la población del imperio se contaban cuatro nacionalidades: Antis, Cuntis, Chinchas y Collas. El Inca llamábase el «señor de las cuatro partes ó de los cuatro suyus». Los peruanos celebraban cuatro fiestas, y en cada luna nueva otras de cuatro días, repitiéndose invariablemente el número en todas sus ceremonias religiosas.