No nos parece, como lo asevera Brinton[201], que la veneración al número tres viene de tres operaciones mentales al pensar; pero sea de ello lo que fuere, no es esta la oportunidad de debatir tan interesante punto[202].
El número predilecto entre las razas aborígenes es indudablemente el número Cuatro, especialmente en los pueblos en los cuales la heliolatría es la base fundamental de la religión, como en Méjico y Perú, por lo que tal predilección se ha atribuido generalmente al conocimiento de parte de aquellos de los equinoccios y solsticios.
Sin embargo, la raza norteamericana, que no era adoradora del Sol, tenía como sagrado al número en cuestión, lo que prueba que esta particularidad ó es más antigua que la religión heliolátrica, ó debe explicarse de otro modo.
El culto al número cuatro, como tan ingeniosamente lo ha demostrado Brinton[203], se origina de la veneración á los cuatro puntos cardinales, y obedece en cierto modo á las leyes aritméticas del universo. El piel roja, según el americanista, adoptó este número como regularizando cantidades en sus instituciones y artes; repitió sus múltiplos y compuestos; imaginó nuevas aplicaciones, magnificando constantemente su místico significado, llamándole, finalmente, en sus ensueños filosóficos, la clave de los secretos del universo, la fuente de la siempre creciente naturaleza[204].
El hombre rojo era cazador, y erraba por las selvas y las praderas sin límites; un instinto, y no una facultad, dirigialo por la tierra, sin extraviarse. En una época primordial de su historia, el indio tomó nota de los cuatro rumbos, de los cuatro puntos cardinales, hacia los cuales encaminaba sus pasos, y por aquellos se guió en el desierto y en la noche, dignificándolos hasta convertirlos en dioses, como una consecuencia natural. Mucho después, cuando un progreso lento le hizo penetrar en otros secretos de la naturaleza; cuando se dió cuenta de la trayectoría del sol, constantemente entre dos puntos, y del movimiento de los elementos, él paró la atención en las radicales de la aritmética y discernió una repetición ó aplicación de este número cuatro hasta en las estaciones del tiempo. De aquí la adopción de parte suya de este número como la cantidad regulatriz, y de aquí su predilección por el mismo. Iguales motivos harían sagrado al cuatro en los demás pueblos, cazadores antes que agricultores, y fetiquistas antes que politeistas, aunque muchas veces el fetiquismo es una consecuencia posterior de la adoración al dios representado, al que se concluye por atribuirle voluntad propia, según Max Müller[205].
Los pieles rojas creen en la existencia de cuatro espíritus, correspondientes á los cuatro puntos cardinales; genios de estos puntos se suponen los vientos que soplan, por lo que son venerados también los cuatro vientos, debiéndose advertir que el aire suele llevar el mismo nombre de la divinidad cardinal de donde sopla[206], confundiéndose de este modo con la dirección. De aquí es que en las ceremonias religiosas de aquellos indios figuraba con monótona repetición el número cuatro, por la conexión natural entre los movimientos del aire en el pensamiento y en la palabra con las operaciones del alma y la idea de Dios. Los creeks, especialmente, divinizaron al número cuatro, y en la fiesta del Busk prendían fuego en cruz, ó sea en las cuatro esquinas.
El Este entre los dakotas, según Mr. Dorsey[207], simbolizaba la vida y su fuente; y de aquí la colocación del cadáver al Este, para indicar la esperanza de una vida futura.
Estos puntos cardinales, según Brinton[208], tienen cada uno su motivo especial para ser venerados. Del Este sale el sol. El Oeste es la puesta, y trae la idea de muerte, sueño, tranquilidad, descanso de la labor; en ese rumbo distante reposaba el alma fatigada del astro, y cuando uno moría tomaba su camino. El Norte es el lugar del hielo; hacia el Norte caminan las sombras, y de allí vienen los truenos tempranos; viven en el Norte los dioses poderosos; y un témpano de hielo no es más que una habitación de la divinidad; en una montaña contigua á la estrella del Norte, creían los dakotas que existía el dios de las estaciones; en el Septentrión oscuro moraba la muerte de los attawas. El Sud, por el contrario, es la región de los vientos ardorosos.
Para nosotros, que vivimos bajo la línea ecuatorial, no hay cuestión en cuanto al Este y Oeste, al naciente y poniente, rumbos sagrados por la salida y puesta del sol; pero los motivos de la veneración al Norte y al Sud serían forzosamente otros. Del Norte soplan los huracanes y vienen los vientos secos y ardientes, que en verano marchitan la naturaleza; el Sud tiene su Cruz celeste; el viento del Sud trae el cambio atmosférico, y tras él llega la tormenta, que produce la lluvia, animando á las tierras sedientas y á la vegetación que languidece. Aparte de esto, motivos políticos llamarían la atención del Norte, pues que en aquel rumbo vivían los monarcas resplandecientes y se hallaban erigidos los grandes imperios.
Los dakotas y otras razas del Norte, lo mismo que los demás pueblos americanos, tienen en sus orígenes étnicos ó sociales la tradición de cuatro hermanos, de cuatro semidioses, de cuatro jefes, de cuatro caudillos ó de cuatro personajes; estos cuatro seres míticos aparecen vestidos con metáforas groseras, pero alusivas siempre á los cuatro vientos, pues que los vientos reconócense al instante en estos cuaternos, é indiscutiblemente aquellos son los cuatro espíritus de los navajos de Méjico, los cuatro genios antepasados de los mayas, los cuatro aparecidos de Pacaritambo de los peruanos, etc.